Una observación de entrada es que si especificamos “iglesia católica” no es por olvidar o despreciar a las otras iglesias cristianas, ni siquiera a otros creyentes en incluso no creyentes. Si algo ha debido enseñarnos el coronavirus es que estamos todos en la misma barca y todos con la doble obligación de remar y en la misma dirección. Lo de “iglesia católica” es por ser mayoritaria en el país y, por tanto, con una especial y mayor “responsabilidad religiosa”.

Una segunda cosa: hubiera sido muy importante que la propia iglesia hubiera centralizado la información respecto a las ayudas materiales a lo largo de todo el Perú, no tanto por “sacar pecho” sino por tener una idea más precisa y uniforme de lo que realmente significa el aporte en esta etapa en la que nuestro pueblo se ha sentido tan necesitado y –creemos- bastante indefenso.

No obstante, es importante reseñar algunos de los aportes más significativos, además de las ya conocidas campañas sociales para recaudar fondos que se han hecho, desde que llegó la pandemia al Perú, para comprar medicinas e instalar plantas de oxígeno.

Comenzamos por lo más material y elemental: la comida. Para nadie es un secreto que 100 días son demasiados días para un país donde el 70 % -mínimo- de los trabajadores era informal antes de comenzar la pandemia. Esto se ha ido empeorando y eso conlleva mayor peligro de contagio por partida doble: la gente necesita salir a la calle a buscar para el diario ¡como sea! Y la gente no puede comprar para una semana o más sino también a diario (un alto porcentaje de familias ni tiene dinero para comprar cantidad ni una refrigeradora donde conservarlo).

Es ahí donde las Cáritas diocesanas y parroquiales han jugado y están jugando un papel importante con un grueso sector de la población. Lo que ellas han conseguido de ayuda internacional y nacional (han sido vehículo para canalizar la solidaridad de un generoso sector del empresariado nacional, no lo olvidemos) ha logrado llegar a su destino por esa, casi siempre, eficiente red capilar de las parroquias. Si el objetivo primero es sobrevivir, conservar y cuidar la vida, el aporte es muy significativo. Mucho se concreta en el gran trabajo de las ollas comunes en los asentamientos humanos más pobres, lideradas por laicos y empujadas por las iglesias. Y ligado a la comida, otras ayudas materiales, sobre todo en ropa, ahora que ya se ha sentido el invierno y sus efectos, especialmente en las familias más vulnerables y desprotegidas.

No es de menor importancia el acompañamiento psicológico y de tipo “consejería”. Cierto que muchas veces falta especialización y la improvisación no es buena consejera. Pero también es verdad que en esta larga etapa la necesidad de “escucha” ha sido mucho mayor y en muchos lugares la Iglesia ha suplido tareas que, tal vez, hubieran hecho mejor los psicólogos profesionales. Inestimable la ayuda prestada por Agentes Pastorales laicos, religiosas y sacerdotes preparados en este sentido.

También se realizó ayuda específicamente espiritual. Si en todo momento nuestro pueblo necesita esa cercanía y esos servicios espirituales, en la “cuarentena” ha sido más importante. Tenemos que agradecer, sin duda –además de a los sacerdotes y los otros agentes pastorales- al teléfono y a las redes que nunca se han “enfriado” en este tiempo. Han prestado un valioso servicio.

Y hablando de redes, debemos reconocer que muy pronto se activaron servicios pastorales a través de las redes. Una pena que muchas veces se redujeran a pasar del altar o el ambón al micro y a la cámara, sin el debido esfuerzo de adaptación, sin la preocupación por “el medio”. Con harta frecuencia los responsables –los sacerdotes, mayormente- se preocuparon sólo de “el qué” hacer o proporcionar y no del “cómo” hacerlo. Bien sabemos que en todo lo que tiene que ver con comunicación, el “cómo” es fundamental.

En cualquier caso, esta etapa del coronavirus ha sido –y sigue siendo- una prueba de fuego para la Iglesia Católica en el país. No digo solo para los sacerdotes sino para todos los creyentes. Puede que hayamos sido conformistas y hayamos hecho muy pocos esfuerzos por dar pasos adelante o puede que hayamos aprovechado las lecciones y salgamos un poquito mejor.

Y, por supuesto, motivo para agradecer las ayudas de todo tipo recibidas a través de esta institución. Es de bien nacido el ser agradecido, reza el dicho popular.

– Artículo escrito para el boletín de análisis “Conectando” del Observatorio Socio Eclesial.



Una respuesta a “¿Y qué hace la Iglesia Católica durante la pandemia?”

  1. elvis dice:

    estoy muy de acuerdo, la vida religiosa en el silencio ha estado sosteniendo vida en los cerros, con los migrantes en diversos espacio, en albergues, casas de acogida, atención alimentaria y salud, educación, creatividad para acompañar en diversos lugares donde no se alcanza llegar…

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