P. Victor Hugo Miranda, SJ

No soy alguien que satanice las redes sociales. Por el contrario creo que son el espacio en el que la sociedad actual interactúa y se comunica. Y creo también que es un vehículo adecuado para compartir con otros la experiencia de fe. Sin embargo veo con estupor, cierto desencanto y algo de desilusión cómo estas mismas redes sociales que podrían tener un impacto positivo en las vidas de tantas personas, se convierten en escenarios donde se destilan discursos de odio disfrazados de fidelidad a la Iglesia católica y a la fe cristiana.

Es impresionante la cantidad de cuentas en Facebook o Twitter que se dedican a insultar, criticar, ofender, dañar honras, y lo peor de todo es que además afirman hacerlo en nombre de dios. A todas luces debe ser algún dios distinto al Dios que nos ha manifestado Jesús.

Es sumamente doloroso ver cómo personas que ponen en sus perfiles de las redes sociales, que son católicos y que se proclaman defensores de la vida, sean capaces de expresiones tan duras hacia otros seres humanos. Llama la atención que con el afán de defender una aparente ortodoxia y fidelidad a la fe, sean capaces de expresarse del modo en el que lo hacen, sin ningún respeto por nadie, atacando a todo aquel que consideran no comulga con su mirada de la fe cristiana.

Es triste que quienes somos seguidores de un hombre que entregó su vida por los demás, que fue humillado sin decir palabra alguna, que nunca se alzó en rebelión frente a nadie, que aceptó con humildad el destino que le impusieron las autoridades militares y religiosas de la época, que murió en la cruz perdonando a sus agresores, sean capaces de armarse con crucifijos y rosarios para insultar a grupos feministas, para criticar en las redes a hombres y mujeres de iglesia tildándolos de comunistas, ateos o laxos, solo porque les recuerdan que el mensaje de Jesús siempre fue un mensaje de amor y de respeto. El mandamiento de Jesús fue amar al prójimo. No sé desde cuándo odiar se convirtió en mandamiento para los cristianos.

– Publicado el 14 de enero de 2020 en la columna de opinión “Religión y vida” de la edición impresa del diario “La República”.



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