Por José Ignacio Calleja

“Si yo cambio, el mundo cambia”, es una frase común en las conversaciones de la gente tras cada intento de mejorar nuestro mundo, elegir objetivos y repartir esfuerzos. No es despreciable lo que significa esa máxima tan concreta: el cambio comienza por cambiarnos a nosotros mismos y, si todos lo hacemos, todo da un vuelco. Es una forma muy lógica y tangible de responder a qué hacer por un mundo mejor. Tiene la apariencia de lo evidente y es, sin embargo, tan insuficiente como soplar sobre una herida para curarla.

¿Se acuerdan cuando eran niños? ¡Venga, que no es nada, ya está, ya pasó todo! Pero no, el mundo no es así. No está mal el alivio que proporciona la rectitud y el compromiso personal, incluso es imprescindible, pero es tan ligero a menudo como el aire del soplo maternal sobre la herida en la mano. Cuando elegimos este modo de resolver los agujeros de la historia de la justicia es porque ya hemos limitado las posibilidades del ser humano para enmendar su paso.

Un cierto pesimismo de base es el comienzo del realismo que nos hace elegir que esto es lo que hay; su correlato, que a cada uno le toca poner de su parte lo mejor sepa y pueda, pero, eso sí, ese cada uno es quien decide lo que sabe, lo que puede y lo que le conviene. Esta es la cuestión, que en manos de los intereses de cada uno, la historia social de la justicia pocas veces saltará la línea roja de “mi interés”.

Soy consciente de que su contrario, la justicia social como un problema de mejores estructuras y de movimientos colectivos, adolece de otros peligros. Por eso que no es cuestión de comparar en disyuntiva las dos respuestas sugeridas, ni siquiera es acertado hablar de antes y después, o primero y segundo, sino de un trenzado de dos realidades inseparables: individuos y grupos, personas y estructuras, valores y leyes, imaginación y reglas.

Lo he contado mil veces en esta modesta columna. Cuando pretendemos llegar a las personas y a las conciencias para hacerlas buenas, y decimos perseguir esto “más allá de las situaciones y medios sociales de vida de cada uno”… nuestro proceder siempre termina siendo un modo de saltar a lo espiritual, sin pasar por la realidad. Es un engaño más o menos consciente, incluso impensado y lleno de buena intención, pero es un error.

Queremos llegar a lo espiritual y moral sin pasar por la tierra y su crudo realismo en injusticias y desigualdades. Un platonismo ancestral en nuestra mente nos hace añorar que podemos evitar este mundo de sombras para llegar cuanto antes a las ideas eternas.

Me atrae mucho esta crítica, lo reconozco, por la cantidad de veces y de gente a quienes escucho que la pobreza más profunda es la soledad o el desamor, como si pudiera trocearse la pobreza y comparar los dolores que provoca cada una; las pobrezas no se comparan ni se sustituyen entre sí; se viven con dolor único por cada uno y los suyos, pero ello no obsta para objetivar lo que podemos y debemos hacer; y será más, cuanto mayor sea la injusticia que las provoca y más medios a nuestro alcance haya para remediarla.

Esto no va de “a mí me duele una muela” y “a ti un mal divorcio o la mala salud o el paro o el ébola”, y cada cual aguante su vela como realidades incomparables, sino que esto va de abordar todas en lo posible, cada una en la particularidad que la provoca o explica. Olvidémonos del fraude de compararlas en razón de si son del cuerpo o del alma, nuestras o suyas, porque este es el primer engaño.

Pues bien, a partir de estas claves ético-prácticas, vuelvo al acento que reclama entender la realidad social bajo el prisma de su dimensión estructural. Y aquí sí que el lenguaje ético hace sangre.

Por casualidad escuchaba yo a un especialista que decía, en referencia al cambio climático, que todo el esfuerzo que uno de nosotros haga en un año en consumo responsable y sostenible, no compensará la huella ecológica negativa que provoque con un simple viaje de avión de Bilbao a Sevilla. O sea, que si después de mi esfuerzo de consumidor responsable durante el año, me voy de vacaciones a Málaga, ya he derrochado todo el ahorro “contaminante” que había logrado. Peor sería que haga las dos cosas, o que lo deje todo, pero no me digan que no es decepcionante.

O sea, que si no hablo del modo de vida de un modelo económico consumista e insostenible, mi solitarismo ecológico es muy ineficiente. Mejor que nada, pero casi nada. No tengo espacio para muchos ejemplos.

Pongo uno más. Cuando el señor Trump, y cualquier otro mandatario, dice “América primero”, la pregunta es por qué razón moral es cierto esto en un mundo único, salvo en primer lugar y ante todo por la fuerza que tiene.

Y otro, más complicado para mí. Cuando las iglesias y respetable movimientos culturales dicen que la vida del ser humano en situación de enfermedad terminal e irreversible es absolutamente indisponible, incluso con testamento vital, ¿lo creen de verdad? Porque de ser cierto, no como gran principio metafísico, sino real, esas iglesias no podrían a continuación recibir a dignatarios y personalidades mundiales que alimentan aquí y allá sus guerras, explotan sin reparo material o moral a millones de personas en el mundo o dejan morir de hambre y enfermedad a millones de humanos cuyo error es haber nacido lejos de nosotros.

Si fuese cierto, como realidad y no solo como principio formal, nos volveríamos locos por la muerte de los inocentes. Porque esta economía y mundo, mata (Francisco). Y ¿entonces? Me dirán que las palabras, la verdad de las palabras, tiene ese alcance y no otro, pero ¿cómo saber cuáles, cuándo y cuánto las tomamos en serio? Buen día.

Extraído de Religión Digital

 



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