Por P. José María Rojo

Estamos ya en el segundo día de esta Semana Santa rara, atípica. El primero fue ayer, Domingo de Ramos, sin palmas tejidas, sin procesiones de la “Borriquita”, sin niños con ramos en las calles, sin familias juntas, llevando los ramos a su casa para bendecirla. Atípica sí, por decir lo menos.

Por todos lados se nos dice que “este año no va a haber Semana Santa, que el coronavirus la ha clausurado”. Y nos han llovido docenas de videos, de España y de Perú, protestando, demostrando que sí la habrá, que para algo dijo claramente el Señor: “lo que hagan a uno de mis hermanos menores a mí me lo hacen” y “yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo”.

Sí, saldrá el Nazareno, burlado y despreciado por los que al principio no nos tomamos al coronavirus suficientemente en serio y por los que han seguido haciéndolo, por los Trump y los Bolsonaro de cada lugar, de cada país. Por los que se han guardado lo suyo y lo de los demás, y se han reído considerándose los más listos, los vivazos.

Sí, seguro, saldrá el Nazareno a las calles, apresado, en todos aquellos condenados a sufrir la enfermedad, en los hospitales, en las residencias o en sus casas. En todos aquellos mayores encerrados, solos, sin visitas…olvidados de los suyos o recordados en la lejanía, sin un beso o un abrazo, sin un “te quiero”. En los jóvenes desesperados por no poder trabajar, por no poder desarrollar sus carismas y facultades, en los niños que lloran y gritan: “¡A la calle!”, sin poder salir. En los autistas. En los realmente presos en las cárceles, sin tener ninguna certeza de que van a salir vivos.

Saldrá Él, condenado a la desesperación y muerte lenta en los desocupados, los que no están en las listas de ayuda, los que no cuentan, los descartados. Aquellos que no necesitan la enfermedad para sentir la condena segura a muerte, la de ellos y la de sus familias. Y también aquellos que no tienen defensas, enfermos de SIDA, que saben bien que, si llama a su puerta el coronavirus, viene acompañado de la guadaña.

Sí saldrá a la calle, con la cruz, con distintas cruces. Y camino al calvario,  con el cartel de condena a muerte clavado en ella.

Y encontrará en la calle, en una esquina, a María su madre. En aquellos que de verdad se compadecen, se duelen, aquellos que sienten retorcérseles las entrañas aunque no les permitan hacer nada. Los que desde sus casas se identifican con el enfermo, el infectado, pudiendo tan solo obedecer el mandato: “quédate en casa”. Mucho será si pueden ser “verónicas” para aliviar el dolor con un pañuelo o un poco de agua…

Pero si salen los “Cirineos”, esos fijo,  muchos cirineos que ayudan a llevar la cruz. Cireneos voluntarios o forzados, los héroes de hoy, a los que el Papa llama “los santos de la puerta de al lado”. Principalmente el personal sanitario, con fe o sin ella, pero con gran dosis de servicio y entrega. En los grandes hospitales y en los centros médicos y pequeñas postas. Ellos que no solo ayudan a llevar las cruces, sino que arriesgan su vida, cada día, calladamente, cumpliendo con su deber y, en muchos casos, regalando una sonrisa.

los otros cirineos, las fuerzas armadas y policiales, los vendedores de los grandes centros comerciales y los “caseritos” de siempre, los que no suben los precios e incluso dan fiado, los transportistas de consumo necesario, los barrenderos y recogedores de basura, los “guachimanes”,  los que atienden en los grifos y los llanteros, los vendedores ambulantes venezolanos y los que suben corriendo al micro llevando solamente una canción (sí muchos arriesgan y nos arriesgan, pero les va en ello la vida). Tantos y tantos que, sin hacerse notar, facilitan que la vida siga, que el desaliento no cunda, que la esperanza no se apague.

Sí, no podemos ocultarlo, saldrán también en procesión los judas –equivocados o traidores-; los pilatos, lavándose las manos y desentendiéndose de los demás, con su vida asegurada; los herodes, buscando solo la risa y el placer, sin comprometerse con nada, jugando con las personas como si fueran cosas; los negociantes de la religión, seguros de su verdad, condenando al resto o gritando descaradamente que “es castigo de Dios”. Saldrán todos aquellos a verlo pasar y aplaudir incluso –“paga por lo que se merece”-.

terminarán matándolo. Sí, saldrá en procesión el Cristo muerto. Los condenados a muerte por la falta de previsión de los gobiernos o por el egoísmo de la salud privada. Los desahuciados, los dejados de lado porque no pueden pagar, los que no tienen los papeles en regla, los sin padrinos… Saldrán en procesión, muertos, los cristos ancianos solos y abandonados a su suerte, los NN  muertos y encontrados en la calle. Y los que no tienen ni siquiera un lugar para ser enterrados. No lo dudemos: Cristo gritará una vez más “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Y seguirá el silencio del Padre, de ese al que decimos omnipotente y no puede salvar a su hijo –a sus hijos- de la muerte. Pero el silencio durará solo tres días: habrá procesión de Resurrección. La Vida vencerá a la Muerte, la solidaridad y el amor derrotarán al miedo y al egoísmo, saldremos adelante, y saldremos nuevos, mejores. Será, con diferencia, la mejor procesión de ésta Semana Santa atípica.



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