Por Deyvi Astudillo, SJ

Quién, con amor por el Perú, podría haber deseado una crisis como la que estamos pasando. Y, sin embargo, muchos peruanos consideramos que este clima de confrontación no daba para más, y que había que encontrar una salida democrática que nos permitiera renovar nuestra representación política. El Congreso no quiso que con un adelanto de elecciones generales esta renovación fuera menos traumática, y la consecuencia de su accionar ha sido su propia disolución. Está lejos de ser lo ideal, pero la crisis nos abre también una oportunidad.

Pero para ello tenemos primero que reconocer que a este Congreso lo elegimos nosotros mismos, y que nos equivocamos. Creo que como colectivo somos responsables no solo de nuestros votos individuales, sino también de los votos de los demás.

Cada peruano o peruana vota de una determinada manera por una razón específica, sea ésta correcta o incorrecta. Y en buena parte somos también responsables de esas razones, de las condiciones sociales que determinan cada voto. Ojalá en nuestro país todos tuviéramos una educación humanística de calidad, ojalá no tuviéramos que comprometer nuestras simpatías políticas por un almuerzo o un polo que vestir. Ojalá los espacios de recreación y cultura fueran de fácil acceso y no estuvieran sujetos a autoridades en campaña.

Lamentablemente, el voto informado, discernido, consciente, sigue siendo un privilegio en el Perú, un privilegio alcanzado gracias a otros privilegios que buena parte del país no tiene. Esto es parte de nuestra responsabilidad como nación. Comienza un nuevo proceso electoral, finalmente, sin las hecatombes que a veces se profetizaban. Hay convicciones políticas que se han ido consolidando, y eso, por otro lado, hay que valorarlo. Pero nuestro desafío mayor en este tiempo será promover un mejor voto ciudadano. Si nos lo proponemos con espíritu solidario, lo podemos lograr.

– Publicado el 07 de octubre de 2019 en la columna de opinión “Religión y vida” de la edición impresa del diario “La República”.



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