Por P. José María Rojo

En las primeras etapas del coronavirus resaltábamos que ese “bendito o maldito bichito” (aunque ni llega a bicho) había logrado arrodillar a todo el mundo, que nos había igualado a todos.

Y en un sentido sigue siendo verdad: ha contagiado e, incluso, matado a personajes importantes y famosos sin consideración alguna. Cierto que no respeta a nadie ni hace distinciones de raza, estatus social o religión, no. Pero muy pronto empezamos a caer en la cuenta que no todos somos iguales ante el coronavirus.

Comenzando porque las oportunidades de contagio son muy distintas. Unos ejemplos muy simples nos lo hacen ver claro: tiene muchas más oportunidades de contagiarse el “informal” que no tiene otro remedio que salir cada día a la calle y “vender lo que sea para llevar algo a su familia” que el empresario que desde su casa y su computadora realiza sus gestiones para que sus empresas sigan produciendo. Tiene muchas más oportunidades de defenderse del coronavirus quien vive en una casa con agua corriente, dinero para comprar sus máscaras y posibilidad de guardar las distancias que el poblador de los cerros, sin agua para lavarse, sin otra plata que la justa para comer y obligado a viajar en combi llena buscando trabajo.

Esto que vemos bien claro a nivel individual lo vamos viendo cada vez más claro a nivel social. En las primeras semanas y hasta meses, los pobladores del campo (sierra y selva) tenían ventajas y se defendían mejor tanto del contagio como de la enfermedad, si tenían la mala suerte de encontrarse con “el bicho”. Ahora vamos viendo por las noticias que cada vez la balanza se inclina desfavorablemente para el lado de los pobres de las regiones apartadas.

Cada vez son más los pobladores de la sierra y de la selva que se contagian. Y ya ni siquiera cantan victoria los del Sur Andino, por mucho tiempo presumiendo de que “al coronavirus le daba soroche” y no se atrevía mucho a subir a la altura. Peor aún defenderse cuando la enfermedad se ensaña. Basta acercarse un poco a Arequipa y escuchar los gritos de dolor de sus ciudadanos. No digamos en nuestra Amazonía: nos hemos hecho más conscientes cuando dos connotados líderes ya han sido arrastrados hasta la muerte por el COVID-19.

Irresponsabilidad aparte (que la hay), pésima gestión de autoridades (que se ha dado, es cierto) la verdad cruda y dura es que los pobres siempre tienen más oportunidades de contagiarse y muchas menos oportunidades de curarse si se enferman. Y hoy por hoy la Sierra, la Amazonía y los Cerros de Lima, en su conjunto, están en peores condiciones que el resto del país.

Lo mismo sucede entre países. Soy nacido en España, país muy golpeado por el COVID-19 en las primeras etapas (y puede tener rebrotes, por supuesto); pero comparado con nuestro Perú tiene dos ventajas abismales, así como otros muchos países: tiene un porcentaje muchísimo menor de trabajadores informales y de “pobres” y tiene un sistema de salud capaz, ahora ya, de afrontar todos los rebrotes. Nuestras familias, en cambio, ya no aguantan económicamente y nuestro sistema de salud puede colapsar en cualquier momento.

Sí, todos somos iguales…pero unos más iguales que otros.



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