Por P. Víctor Hugo Miranda, SJ

Hace poco las palabras Sodoma y Gomorra se convirtieron en trending topic en las redes sociales. ¿Qué había ocurrido? Una congresista de la República las utilizó de calificativo negativo dirigido al Ministerio de Educación. Así, en medio de la interpelación del Congreso a una ministra de estado, se apeló a la terminología bíblica para atacar a quienes son considerados los responsables de introducir el enfoque de género como un eje transversal de la propuesta del currículo educativo nacional.

Para quienes no tienen cultura bíblica, las ciudades de Sodoma y Gomorra fueron aniquiladas por Dios al ser lugares donde sobreabundó el pecado, tal como lo narra el libro del Génesis. De pronto nos encontramos, en pleno siglo XXI, en un país que se denomina laico, en una situación tal en la que la fe cristiana y su libro más sagrado, la Biblia, se convierten no en instrumentos de debate y discusión en la esfera pública, sino de abusos fundamentalistas y poco informados que llevan a una mayor confusión a la población.

No es la primera vez que algunos políticos acuden a la Biblia para tratar de fundamentar la defensa de sus posturas o en contra de algunas leyes o políticas públicas. La Biblia no debería ser un texto que sirva de argumentación política ni de demostración científica. La Biblia no es la constitución ni tampoco un tratado de ciencia. La Biblia, como decía el especialista jesuita Manuel Diaz Mateos, es “palabra de Dios en palabra humana”, es decir un texto inspirado por Dios pero escrito por seres humanos.

Para acercarnos a su comprensión e interpretación nos toca hacerlo con el respeto que otorga una larga historia de estudios especializados que tienen en cuenta el lenguaje utilizado en su escritura así como su contexto histórico. Nuestra fe merece un acercamiento serio y de estudio disciplinado a los textos de nuestra tradición, para no incurrir en falsas interpretaciones ni en instrumentalizaciones alimentadas por el odio.

– Publicado el 20 de mayo de 2019 en la columna “Religión y vida” de la versión impresa del diario “La República”.



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