Alguien escribía en su Facebook el día 17 de agosto: “Ya son demasiados muertos”, dando la voz de alarma que le parecía urgente. Y, justo al día siguiente, aparece en el diario La República un primer plano del cardenal Pedro Barreto y un titular: “Cardenal Barreto presenta hoy plan contra la pandemia”.

Aparte de no ir de acuerdo con el titular -del periódico, no del cardenal- pues no es la Iglesia quien debe presentar un plan que implica cuestiones científicas y técnicas, la noticia reveló otras cuestiones interesantes: la coincidencia de que habíamos tocado techo como país frente al coronavirus y la necesidad de que alguien -y con autoridad- pudiera dar la voz de alarma ante el gobierno y el pueblo.

Más interesante aún el que el cardenal –además del plan que iba a presentar a la Conferencia Episcopal y que había sido coordinado con sectores de la sociedad civil- dijera que era “una respuesta urgente no solo a la lucha contra el Covid-19 sino también a la pandemia de la corrupción, del desánimo, la indiferencia y el individualismo, para ir despertando conciencias”. Y esas son palabras mayores.

En el mismo periódico, al día siguiente se retoma el tema en portada, pero ya no es solo el cardenal, pues en el interior viene acompañado del arzobispo de Lima, monseñor Carlos Castillo –ambos juntos y con “vestimenta eclesial”-. Pero más interesante aún: ya en la portada se suma la demanda de la Defensoría del Pueblo. En los próximos días, sin duda, se van a sumar otras voces autorizadas.

En resumen, ha explotado algo que se venía mascando desde hace tiempo: fuimos uno de los primeros países en asumir de lleno y con decisión la pandemia respondiendo con cuarentena y toque de queda. Se destinaron fondos para paliar la situación económica de los sectores más vulnerables. Se tomaron otras medidas importantes como “pruebas masivas” para detectar contagiados, implementar servicios de salud, etc.

¿Que si el gobierno no hubiera actuado con rapidez y decisión estaríamos mucho peor? ¡Cierto, sin lugar a duda! Pero la situación del país –una de las más graves a nivel mundial, visto desde la pandemia- se ha encargado de demostrar que no era suficiente y que había errores de fondo y forma que es preciso corregir con humildad y realismo. Y con urgencia.

A la vez ha faltado algo esencial que ahora se reclama: ¡la respuesta no la puede dar solo el gobierno y menos verticalmente!

A todas luces se necesita un buen plan global, con nuevas estrategias más científicas y técnicas, pero –sobre todo- donde la sociedad civil esté implicada. Frente a un sistema de salud, que se mostró paupérrimo y tremendamente limitado en personal, servicios hospitalarios, medios y provisión de medicamentos y oxígeno, frente a un país con gobiernos regionales y locales, descoordinados, que hacen agua por todas partes, frente a un tejido social desarticulado y muy débil, no cabe otra que un buen plan estratégico donde se impliquen todas las fuerzas vivas del país. Eso ha de ser la prioridad número uno.

Es verdad que hay miles y millones de peruanos que siguen luchando, que se siguen cuidando unos a otros. También los hay irresponsables, es cierto, hay de todo. Tenemos delante una foto del premier, todo un exgeneral, mirando de frente con su mascarilla y diciendo: “No podemos reactivar la economía si la gente se está muriendo”. Con humildad y con realismo.

Ahora, la actitud del señor cardenal ha samaqueado a todos, también a la clase política y al gobierno, suponemos. Ojalá nos fajemos todos, aceptemos que empezamos muy pronto, que hicimos un sacrificio inmenso, pero que quizás haya que redefinir estrategias. Y, sobre todo, que o ponemos a la persona -todas las personas y el Perú- al centro, y la economía a su servicio, no los intereses privados, o de esta no salimos.

Y el Perú puede y debe salir adelante. A empujar todos el carro y en la misma dirección toca. ¿Que las cuestiones técnicas y científicas del plan no corresponden a la Iglesia? De acuerdo. Pero tenemos que agradecer a la Iglesia –y al cardenal Barreto en concreto- el que se destapara públicamente el problema y, ahora, se puedan tomar las medidas más convenientes y necesarias. Y agradecer, mucho más, el que nos haya recordado que no es sólo una cuestión técnica, que el coronavirus ha dejado al descubierto esas otras pandemias éticas y morales que nos señaló.

A todos nos toca arrimar el hombro con generosidad: no se trata de sacar pecho ni de ganar laureles, se trata de, como dice el plan eclesial ¡Resucita, Perú, ahora!

– Artículo escrito para el boletín de análisis “Conectando” del Observatorio Socio Eclesial.



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