Por P. José María Rojo

Con menos de un día entre ambos, asistí a dos eventos que, de verdad, nos honraron como Iglesia Peruana: el reconocimiento-premiación a nuestro compañero JOSÉ MANUEL MIRANDA AZPIROZ y un “doctorado honoris causa” más a GUSTAVO GUTIÉRREZ MERINO.

Los uno por dos razones. Una porque coincide casi en la misma fecha el reconocimiento a dos sacerdotes de larga trayectoria (uno peruano, Gustavo y, otro, misionero español a través del IEME, José Manuel); y porque ambos reconocimientos han venido de instancias civiles (a Gustavo de la Universidad Ricardo Palma de Lima y a José Manuel de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos).

Había sido José Manuel misionero en Costa Rica y, después de un servicio en España, recaló en Ica –Perú- de donde no salió más. Desde muy pronto centró su trabajo pastoral en la Defensa de los Derechos Humanos. Y ello, impulsado –forzado casi- por la terrible situación que se produce en el país durante el conflicto armado entre Sendero Luminoso y las Fuerzas Armadas, haciendo del pueblo, muchas veces, un sándwich sangriento.

Adaptándose a los cambios, la Comisión de Derechos Humanos por él fundada (Codehica), por casi 40 años –como alguien dijo en la celebración- ha sido “la institución referente a nivel de convocación popular y respeto” en el departamento de Ica. A sus 80 años, José Manuel, recibe este reconocimiento público a nivel nacional por su dedicación y entrega en la defensa de la vida y la causa de los pobres (me consta que, en los momentos más duros y arriesgados, él ofreció la suya al Señor y al servicio del Reino, si fuere necesario).

Y es ahí donde se une esa causa a la corriente de Iglesia que representó y representa GUSTAVO GUTIÉRREZ, el reconocido como “padre de la Teología de la Liberación”. Su conferencia hoy leída en la U. Ricardo Palma (a sus más de 90 años) fue un dechado de análisis de la realidad peruana, desde la sociología y desde los ojos de Dios, desde la fe para concluir que “la mejor práctica es una buena teoría”. Nadie de los presentes dudamos que él tiene y mejora cada día esa teoría. Así lo reconocieron, sobre todo, su discípulo y cercano seguidor, Monseñor Carlos Castillo, actual arzobispo de Lima (allí presente) y el rector de la URP, al concederle la distinción y recibirlo en el claustro de profesores de la Universidad.

Sí, ambos, José Manuel y Gustavo honran a esta Iglesia Peruana que –en lenguaje del Papa Francisco, quiere “estar siempre en salida, ser iglesia samaritana, hospital de campaña, con las puertas abiertas, no autorreferencial sino al servicio del Reino de Dios”. Si por algo se caracteriza la reflexión y la praxis de Gustavo –los que lo conocemos lo sabemos bien- es por esa opción preferencial por el pueblo pobre. Ese pueblo pobre al que José Manuel, inmerso en un amplio número de instituciones (unas aconfesionales y varias de ellas nacidas al calor de las comunidades cristianas) ha querido servir.

Gracias a ambos. Nos sentimos muy honrados como Iglesia y, seguro, los pobres del Perú os agradecen y se suman a la fiesta.

Nota.- Sería injusto ver aislado el reconocimiento de José Manuel. Cada año, el 10 D, la Coordinadora “premia” a personas e instituciones que más se han destacado en la Defensa de los DD HH. También fue así este año (en las fotos aparece) y, en ese contexto, como parte importante llegó el reconocimiento a José Manuel (también a otra religiosa misionera española en Ayacucho, “Madre Covadonga”).



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