Por P. Deyvi Astudillo, SJ

En la mente de muchos la Cuaresma está instalada como un tiempo de caras largas y de sermones moralizantes. Y es verdad que estos cuarenta días previos a la Semana Santa tienen algo que ver con gestos visibles y remezones de conciencia, pero su significado es más profundo y merece que siempre volvamos a él. A veces pareciera que la Cuaresma va quedando como una especie de reliquia reservada a los “católicos practicantes”, y sin embargo, quizá solo algunos ajustes a nuestro lenguaje basten para mostrar que ella tiene que ver con las vidas de todos.

¿Quién no necesita de conversión? De conversión en mayúsculas, como la que experimenta una persona que reconoce a Cristo como aquel que “tiene palabras de vida eterna”. Pero sobre todo de conversión en minúsculas, aquella sin la cual nuestras vidas quedarían a merced de la parálisis y la resignación. Y es que la idea de ser humano del cristianismo afirma la capacidad de todo hombre y mujer para recuperarse de toda caída, anteponiendo su dignidad de hijo o hija de Dios ante toda equivocación. Sin embargo, ¿cómo puede uno levantarse si primero no ha reconocido su caída, sus egoísmos cotidianos, su mezquindad en el amor? La Cuaresma se ofrece, justamente, como un tiempo propicio para mirar nuestro interior, para reconocer que no todo en nosotros anda en orden, y para acoger la mano que nos anima a levantarnos.

No siempre es fácil, sin embargo, obtener conciencia de nuestros errores. Requerimos de reflexión, de soltar las superficialidades que nos entretienen, y del encuentro con aquellos cuyas necesidades nos ayudan a mirar con perspectiva nuestras propias necesidades. A todo esto apunta la oración, el ayuno, la limosna. En Cuaresma se trata, pues, no tanto de darnos una lavada de cara, sino de hacer espacio en nuestras vidas al discernimiento y la transformación.

– Publicado el 13 de marzo de 2019 en la columna “Religión y vida” de la versión impresa del diario La República.



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