Con los fieles reunidos en la plaza de San Pedro y siguiendo las limitaciones de aforo y la obligación de guardar distancia social, el Papa Francisco regresó, el pasado domingo 19 de julio, a rezar el Ángelus.

Entre sus saludos al final de la oración, aseguró su cercanía a todos los enfermos por el coronavirus y a quienes sufren sus consecuencias económicas y sociales. Por ello, pidió “un alto al fuego inmediato que le permita la paz y la seguridad indispensable para hacer llegar la asistencia humanitaria necesaria”, siguiendo la resolución de la ONU.

A partir del discurso de las parábolas del evangelio de Mateo, que se lee en las misas de esos domingos, Francisco comentó la del trigo y la cizaña, “a través de la cual Jesús nos da a conocer la paciencia de Dios, abriendo nuestros corazones a la esperanza”. Para el Papa, la parábola puede ofrecer “una visión de la historia”.

“Junto a Dios que siempre y sólo siembra buena semilla, hay un adversario, que extiende la maraña para impedir el crecimiento del grano. El dueño actúa abiertamente, a la luz del sol, y su objetivo es una buena cosecha; el otro, en cambio, se aprovecha de la oscuridad de la noche y trabaja por envidia, por hostilidad, para arruinarlo todo”, comentó poniendo ejemplos de la familia o los vecinos que siembran cizaña.

Francisco señaló que en el texto “el Señor nos invita a asumir su propia mirada, la que se fija en el buen grano, que sabe mantenerlo hasta en la maleza. Los que buscan los límites y los defectos de los demás no cooperan bien con Dios, sino los que saben reconocer el bien que crece silenciosamente en el campo de la Iglesia y de la historia, cultivándolo hasta que madura. Y entonces será Dios, y sólo Él, quien recompensará a los buenos y castigará a los malvados”, concluyó.

Fuente: Vida Nueva



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