En el día de la fiesta de Nuestra Señora de Fátima, 13 de mayo de 2020, el Papa Francisco pidió a Dios por “intercesión del Inmaculado Corazón de María, la paz para el mundo” y por el “fin de la pandemia” del coronavirus.

Asimismo, instó a rezar a Dios como a un “amigo” que ama al mundo y no conoce de odio durante la Audiencia General del pasado miércoles, que tuvo lugar en la Biblioteca del Palacio Apostólico Vaticano, sin la presencia de fieles y a puertas cerradas con el fin de evitar el contagio del COVID-19.

La Iglesia católica también recuerda que un 13 de mayo de 1917, la Virgen María apareció ante la mirada de tres niños campesinos portugueses: Lucía, de diez años, Francisco, su primo de nueve años, y Jacinta, hermana menor de Francisco. El milagro sucedió en el pueblo de Fátima, en Portugal. Esa fue la primera de una serie de apariciones que se repitieron los días 13 cada mes hasta octubre de ese año.

“En el aniversario de la primera aparición a los pequeños videntes de Fátima, les invito a invocar a la Virgen María para que cada uno persevere en el amor a Dios y al prójimo”, afirmó el Santo Padre en sus saludos a los fieles italianos que seguían la predicación en directo por televisión, radio e internet.

Hoy en día, el pueblo de Fátima es famoso en todo el mundo y su santuario lo visitan innumerables devotos. En 1917, en el momento de las apariciones, Fátima era solo una ciudad desconocida de 2.500 habitantes, situada a 800 metros de altura y a 130 kilómetros al norte de Lisboa, casi en el centro de Portugal.

Además, el Papa dirigió un pensamiento especial a jóvenes, ancianos, enfermos y recién casados. “Siempre recurran a la ayuda de la Virgen; en ella encontramos una madre cariñosa y tierna, un refugio seguro en la adversidad”.

Finalmente, en su saludo a los fieles polacos, el Pontífice invitó a volver con el pensamiento a las apariciones de Nuestra Señora de Fátima. “En nuestra oración pedimos a Dios, por intercesión del Inmaculado Corazón de María, la paz para el mundo, el fin de la pandemia, el espíritu de penitencia y nuestra conversión”.

Fuente: Conferencia Episcopal Peruana



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