“Estamos con el corazón roto, asqueados e indignados al ver otro vídeo de un hombre afroamericano asesinado ante nuestros propios ojos”. Así se expresaron, el pasado 29 de mayo, los obispos norteamericanos a través de una declaración institucional por la muerte de George Floyd a manos de unos agentes policiales en Minneapolis, haciéndose eco de las multitudinarias manifestaciones de protestas de repulsa que se están extendiendo por todo el país.

En el texto, la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos advierten de que “el racismo no es una cosa del pasado o simplemente un tema político desdeñable sobre el que se debe tratar cuando sea conveniente”. Para los prelados, se trata de “es un peligro real y actual que debe enfrentarse de frente”.

Por ello, los pastores reclaman al Ejecutivo de Donald Trump “acciones correctas y justas que siempre son más difíciles de adoptar, en lugar de caer en el fácil error de la indiferencia”. “No podemos hacer la vista gorda ante estas atrocidades y decir que profesamos respetar cada vida humana. Servimos a un Dios de amor, misericordia y justicia”, recuerdan a la comunidad católica.

En relación a las manifestaciones, los obispos abogan porque sean “protestas pacíficas no violentas”, pero, sin embargo, dan un paso al frente al subrayar que “apoyamos a las comunidades que están mostrando su indignación de forma apasionada” en tanto que sienten que “no son escuchadas porque no estamos haciendo lo suficiente”. En las líneas finales de la declaración, los obispos llegan a asegurar incluso que “nuestra sociedad está profundamente rota”.

El Episcopado echa mano de la carta pastoral publicada hace año y medio bajo el título “Abrid de par en par vuestros corazones”. en la que se abordaba la problemática del racismo y en la que ya condenaban las acciones policiales desmedidas. A partir de ahí, reclaman “una investigación completa” que desemboque en “una justicia real” para que se aplique la ley.

En la antesala de Pentecostés, piden a los católicos “rezar y trabajar por un nuevo derramamiento del Espíritu Santo” que permita “librarnos del daño que causan los prejuicios”.

Fuente: Vida Nueva



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