Por P. Victor Hugo Miranda, SJ

Muchos de nosotros, seguramente hemos escuchado de niños la expresión “Dios castiga”. Era quizás una manera fácil en la que los mayores apelaban a ejercer la autoridad, imponiendo una aún mayor y asociándola al temor.

Es probable que nuestros mayores no comprendieran del todo la fuerza de sus palabras, vincular a Dios con el miedo, con la culpa, con el castigo. Y esto viene de mucho tiempo atrás. Es difícil precisarlo, pero en algún momento de la historia se instaló entre nosotros la idea de que Dios es castigador, y ha permanecido así, pese a que el primero que luchó con todas sus fuerzas por cambiar esa imagen negativa de Dios fue el mismo Jesús, quien repitió una y otra vez que Dios no condena ni castiga, sino que por el contrario es un Dios de amor, de compasión, de perdón, de misericordia. Así lo atestiguan las diversas narraciones del Evangelio que han llegado a nuestros días.

Algunos podrían aducir que aunque Jesús no lo hace, los textos bíblicos del Antiguo Testamento sí hablan de un Dios castigador. Esa afirmación es rebatible porque aunque en efecto en diversos -no en todos y ni siquiera en la mayoría- textos del Antiguo Testamento, Dios aparece con la imagen de duro, violento o vengativo; ello no indica que Dios sea en efecto así. En otros textos que aparecen en los Profetas y en los Salmos, se manifiesta una imagen distinta, la de un Dios amoroso y cuidadoso con sus criaturas.

Muchos estudiosos de exégesis bíblica coinciden en la dificultad que tenía el pueblo de Israel para percibir ese amor de Dios debido a sus propias acciones y contexto, situaciones de violencia, de dureza de corazón. El amor de Dios siempre ha estado y Jesús es la máxima expresión de ello. El Dios que nos muestra Jesús y los textos de nuestra tradición bíblica es un Dios que ama con todas sus fuerzas al ser humano.

Quizás hoy nos toca descubrir ese amor de Dios en la realidad y no utilizar nuestros contextos violentos ni nuestros corazones duros para culpar a Dios.

– Publicado el 30 de septiembre de 2019 en la columna de opinión “Religión y vida” de la edición impresa del diario “La República”.



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