Por José María Rojo

Antes, durante y después del Sínodo Panamazónico, celebrado en Roma el pasado octubre, hemos escuchado que “la Iglesia tiene que amazonizarse”. La Iglesia, toda la Iglesia. Y eso me recordaba la escena bíblica de cuando Jesús le dice a Nicodemo: “tienes que nacer de nuevo” (Jn 3,3).  ¡Imposible!

Igual ahora: que los costeños, los mejicanos, los europeos… ¿tienen, tenemos, que amazonizarnos? Jesús no rectificó, explicó lo que quería decir y parece que Nicodemo entendió, porque a la muerte de Jesús -¡a plena luz del día!- se atrevió a ir a Pilatos y pedir el cadáver de Jesús, un ajusticiado en la cruz, para darle “cristiana sepultura” (cosa que no se atrevían a hacer ni los propios familiares por la tremenda deshonra que significaba morir en la cruz). 

Pues muy bien, tendremos que entender qué significa para los cristianos “amazonizarnos” y luego iniciar el camino de la conversión integral (incluyendo la ecológica).

“UNA IGLESIA POBRE Y PARA LOS POBRES”

Lo dijo Francisco a todos los periodistas, a los tres días de haber sido elegido “obispo de Roma”. Y parece que lo tenía pensado desde que eligió el nombre de Francisco (el de Asís), porque no ha cesado de dar signos y señales de que lo desea en serio y de que quiere que se haga realidad. No es nuevo.  Lucas remarca el nacimiento en el establo, al calor de los animales y el primer anuncio a los pastores (pobres y marginados, especialmente, en aquel tiempo): “No tengan miedo, les anuncio una Buena Nueva que será motivo de gran alegría para todo el pueblo. Hoy ha nacido para ustedes en la ciudad de David un Salvador. Lo reconocerán…” (Lc 2, 10-12).

Sí, salvación para todos pero desde los pobres: entre ellos nació, ahí lo encontrarán y lo reconocerán. Caminando con ellos hallarán la salvación. “Iglesia pobre y para los pobres”. Hoy la Amazonía ha venido a ser ese gran símbolo de la Iglesia de los pobres. Pobres y empobrecidos porque los poderosos que se acercan a ellos es para expoliarlos, para sacar –y lo más rápido posible- el oro, el petróleo, el gas, la madera, los productos agrícolas para la agro exportación…

Pueblos pobres e Iglesias pobres porque ni siquiera tienen acceso normal a lo más elemental y básico, LA EUCARISTIA. Pero iglesias bien poco valoradas y reconocidas. En el Sínodo, afortunadamente, la periferia –la Amazonía- se hizo escuchar en el centro, en Roma, ante todas las iglesias y ante todo el mundo. Francisco se sentía feliz practicando la “teología de la escucha”.

JESÚS SE ENCARNÓ. COMO IGLESIA ¿ESTAMOS DISPUESTOS? 

Los evangelios tienen buen cuidado de hacernos caer en la cuenta de que Jesús nació y vivió en un tiempo y un lugar concretos: fue nazareno, galileo y judío de verdad. “Puso su carpa entre nosotros” (Jn 1,14). Fue niño como todos los niños, hizo travesuras de adolescente (Lc 2,41 ss), aprendió el oficio de José, su padre, conocía del campo: de semillas, de cosechas y de jornales, de aves, de levadura y de sal… Tanto se inculturó y se encarnó, que ni siquiera su Padre Dios “puede” librarlo de la muerte cruel e injusta a la que le condenan los poderosos judíos y romanos. 

Ejemplo de “inculturación” desde su nacimiento. Y eso se le pide hoy a la Iglesia. En concreto que en la Amazonía tenga rostro amazónico y con ministerios de rostro amazónico. Le va a costar a la Iglesia, le está costando. Y se ha visto en el Sínodo. A veces las anécdotas dicen más que los discursos. Se cuenta que entraba Francisco en la primera procesión en la que, por supuesto, iban indígenas amazónicos con todo su colorido, con sus plumas en la cabeza y el Papa escuchó a un obispo algo así como: “¡Qué ridículo, a estas alturas con plumas en la cabeza!”. Al concluir, se cuenta que el Papa dijo: “He escuchado…díganme: ¿cuál es la diferencia entre las plumas de los indígenas y estas cosas raras (las mitras) que llevamos los obispos en la cabeza?” Carcajada general… 

Y la cosa es ya vieja: decía Pablo que se había hecho judío con los judíos,  griego con los griegos, romano con los romanos “para ganar a algunos” (I Cor 9,20 ss). La iglesia del siglo I hizo enormes esfuerzos por encarnarse, por inculturarse, a ejemplo de Jesús. Posteriormente se registran dos excelentes oportunidades perdidas en los siglos XVI y XVII: las Reducciones de Bolivia y Paraguay (película La Misión) y los intentos de adaptarse e incorporar los ritos chinos y malabares en Asia… El Vaticano II nos vuelve a insistir para que la Iglesia se inculture en el mundo moderno. Y hoy tenemos otra excelente oportunidad para “amazonizar la Iglesia”. ¿Le dejaremos este año a Jesús realmente nacer en la gran Amazonía?

VIENE PARA LA SALVACIÓN DE TODOS (Lc 2, 11)

Importante que lo entendamos bien: Jesús nace para salvarnos a todos. No para “salvar las almas” sino para salvar nuestras personas, nuestras vidas. Quiere salvarnos plenamente, quiere que vivamos mejor, que tengamos dignidad, que llegue el Reino, que podamos vivir como hermanos de verdad.

Y TODOS. Que no haya ni descartados ni excluidos. Por eso la Amazonía es un símbolo: no podemos excluir a nadie, todos somos ciudadanos de primera.  Y sabemos muy bien (nos lo dicen los científicos más serios) que si acabamos con la Amazonía, se acaba el mundo, se va el planeta al garete. Desde los pobres, desde la Amazonía, este año se anuncia la salvación para todos.

Importante, además, que esa salvación es una Buena Nueva y es Alegría para todo el mundo, como dice Lucas que lo proclamaron los ángeles en Belén. El papa Francisco se está convirtiendo en ese ángel que hoy vuelve a proclamarlo. Lo hizo en su primera exhortación programática, la Evangelii Gaudium (la Alegría del Evangelio). Y nos lo ha vuelto a repetir en su encíclica, la Laudato Si (Alabado seas mi Señor). La voluntad de Dios está muy clara: quiere que todos –TODOS- seamos felices; no quiere ni dolor, ni sufrimiento ni muerte. Ni la de las personas ni la de la naturaleza (aire, agua, plantas, animales…). Y quiere que todos cuidemos la casa común.

Y es lo que los pueblos originarios han hecho por siglos y milenios: buscar el sumaq kawsay,  el buen vivir y convivir (con la pachamama, entre nosotros y con Dios). Y para eso Él ha nacido, para eso quiere nacer este año. ¿Dejaremos que se realice, por fin, ese sueño de Dios? ¿Cómo podrá suceder? Por supuesto que no lo va a hacer con un milagro. Lo tendremos que hacer nosotros, entre todos.

Y también Francisco nos ha dado la doble respuesta: tenemos que dejar de lado nuestro estilo de vida consumista (esa loca carrera consumista que comienza con ese raro “Black Friday” y se suele prolongar toda la Navidad). Ese consumir y descartar para consumir… Y, en segundo lugar, acciones que apunten a cambiar este sistema y esta “economía que mata” por otro modelo mucho más humano que ponga a TODAS las personas en el centro para buscar alegría y felicidad plenas.

Ojalá podamos esta Navidad escuchar el anuncio que nos llega desde la Amazonía.

 -Artículo publicado en la Revista Signos, Año XXXIX, N. 9, Dic. 2019.



Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.