Por P. Deyvi Astudillo, SJ

Cuando una persona muere solo el hecho de su desaparición merece respeto. Ante la muerte pasan a un segundo plano muchas de nuestras consideraciones sobre la persona fallecida, lo central es la sola constatación de su ausencia radical. La persona ha sido despojada o en algunos casos ha renunciado al bien más básico que todos los seres humanos compartimos más allá de nuestros colores, proezas y pecados: la vida. Eso merece respeto, silencio, oración.

Para los que permanecemos en este mundo, la vida, sin embargo, continúa y con ella nuestro esfuerzo por conducir nuestras vidas con rectitud, lo que va de la mano con la construcción de una sociedad justa para todos. Es por ello que, como ocurre en el contexto actual en relación al suicidio del expresidente García, nos vemos obligados a debatir públicamente sobre el comportamiento social de una persona fallecida, porque sus acciones, a diferencia de aquellas de la mayoría de ciudadanos, tuvieron y siguen teniendo consecuencias importantes sobre las vidas de muchas otras personas, y porque, ya en el plano institucional, la justicia ha determinado que el conocimiento del proceder de García favorece el esclarecimiento de los casos de otros acusados de corrupción.

En este sentido, no podemos renunciar al conocimiento de la verdad. Por el contrario, poner por delante el bien de nuestra sociedad, significa en este caso apoyar una investigación independiente que pueda establecer con claridad las responsabilidades de los colaboradores de García en los actos ilícitos que se les imputan. Lo que en todo caso sí es de lamentar es la manipulación que desde el día del funeral se viene haciendo de la muerte de García al servicio de intereses políticos e ideológicos. Respetar no se opone a honrar la verdad cuando ésta es de utilidad pública. Respetar una muerte se opone sí a la intención egoísta de sacar partido de ella.

– Publicado el 14 de mayo de 2019 en la columna “Religión y vida” de la versión impresa del diario “La República”



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