Por Deyvi Astudillo, SJ

En estos tiempos en los que tenemos la tentación de criminalizar fácilmente a los migrantes, vale conocer la historia de la joven María José Álvarez Niño, ciudadana venezolana que llegó al Perú en busca de mejores oportunidades de vida, pero que hace un mes encontró de modo trágico la muerte, a causa de la inseguridad vial de nuestra capital. María José, de 31 años, había decidido que sus órganos pudiesen servir para seguir dando vida a otras personas, y esto lo hicieron cumplir sus familiares, quienes llegaron desde Venezuela para despedirla. Las vidas de cinco peruanos fueron salvadas como consecuencia de su decisión generosa.

Sin embargo, este gesto final de María José fue en realidad el colofón de una vida dedicada al servicio de los demás, desde la inspiración de la fe cristiana. En su país natal había estudiado Derecho con especialidad en trabajo social, estando asimismo ligada a la pastoral social de instituciones católicas. Luego, al llegar al Perú, tuvo la iniciativa de vincularse nuevamente con la Iglesia, pero esta vez para apoyar como abogada a sus compatriotas venezolanos que llegan a nuestro país sin mayor orientación social. María José estuvo colaborando hasta hace poco en la asociación “Encuentros SJS”.

“Porque fui forastero y me acogieron”, señala entre otras cosas Jesús en el Evangelio al justificar su invitación a habitar en el reino de Dios al final de esta vida. Ojalá que la imagen de una joven migrante dedicada a ayudar a otros migrantes, y que al morir salva la vida de un grupo de compatriotas nuestros, nos anime a liberar nuestra generosidad y capacidad de acogida.

– Publicado el 09 de junio de 2019 en la columna “Religión y vida” de la versión impresa del diario “La República”



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