Más de 45 000 damnificados, cerca de 80 000 viviendas afectadas y personas fallecidas es el saldo de inundaciones, riadas y ‘huaicos’ en el país. Todos son el resultado de fenómenos habituales que causan desastres por una mala ocupación del territorio, la deforestación y el desconocimiento de los ecosistemas.

(Por Ramiro Escobar) Estamos en la asociación de vivienda María Parado de Bellido, ubicado en el distrito de Chosica, a 43 kilómetros de Lima, y si uno mira para todos lados, y agudiza el ojo ecológico, puede concluir que este es uno de los epicentros de la vulnerabilidad: está a escasísima distancia de un curso de agua (una calle está apenas a unos 5 metros de la ribera), las casas han sido construidas sin previsión (hay pisos uno sobre otro, como formando un pastel en algún caso) y se encuentra rodeado de quebradas.

Hasta mitad de febrero, a consecuencia de las lluvias y crecidas, había por lo menos una decena de personas fallecidas, más de 45 000 damnificados, 70 mil viviendas afectadas, cerca de 13 puentes caídos y más de 300 kilómetros de carreteras destruidas en todo el país. Los datos son del Centro de Operaciones de Emergencia Nacional (COEN), y  es imposible tener más precisiones, porque prácticamente no hay día en que no ocurra algún evento natural extremo.

Las consecuencias de las recientes lluvias en Chosica. Foto: Andina.

Muy cerca, en la zona de la Carretera Central que sale de la capital hacia la sierra, un ‘huaico’ (deslizamiento de lodo) cortó la vía el martes 21 de febrero. En María Parado Bellido, tres semanas atrás, se vino el agua por una quebrada, y en parte pudo ser aguantada con unos costales que me muestra don Nicanor. De Chiclayo, al norte de Perú, ni se diga: se inundó ya hace varias semanas, se secó en parte, se volvió a inundar y los drenajes no funcionaron; en Piura, ciudad ubicada a tres horas de Chiclayo, siguen soportando lluvias ingentes que golpean calles y pueblos.

La incursión por el valle de Chosica permite entender, en parte, el origen de las cosas. Como me comenta Abel Cisneros, de la ONG Soluciones Prácticas, es una población enclavada en el fondo de un valle, pero además “rodeada de cárcavas”. Estas últimas son esa suerte de zanjas formadas por las corrientes de agua cuando se erosiona el suelo, que uno ve cuando echa una mirada a los cerros vecinos; son como surcos que van bajando, hasta converger en uno central, más grande, que sigue discurriendo hacia la parte baja de los cerros.

Aparentemente, son inofensivos. Pero no es así, en modo alguno. Cuando comienza a llover, de forma inusual, como ahora está ocurriendo, esas líneas secas se cargan de agua, comienzan a activar las quebradas y, de pronto, el lodo se viene por donde supuestamente solo había tierra.

La memoria perdida

“La sociedad ha perdido la memoria”, afirma Juan Jesús Torres Guevara, experto de larga data en zonas áridas de la Universidad Nacional Agraria “La Molina”. Para él, como para otros científicos, lo que está ocurriendo no es solamente una tragedia. Aunque no sea por el momento muy visible, los eventos extremos que ahora estamos presenciando tienen una parte luminosa, regenerativa, que se pierde de vista cuando únicamente se pone el foco en los desastres.

“Desde Piura ya me dicen que están esperando que cesen las lluvias, hacia marzo o abril, para ver cómo se aprovecha lo ocurrido”, expresa, con una serenidad que parece contrastar con la alarma reinante. Es un punto de vista que tiene sustento y raíces. Cada vez que hay un Niño o, como parece ocurrir en este caso, un Niño Costero que ha intensificado las lluvias, los ecosistemas se regeneran de una manera dispendiosa.

Según Torres, aparecen tomates y calabazas silvestres, la tierra se hace increíblemente fértil y alienta el cultivo de plantas nativas, como los frijoles o las yucas; simultáneamente, aparecen animales en cantidad, a veces en forma de plagas (insectos o ratas), o en la figura del aumento ostensible de la población de algunas especies. Más venados, más pumas (sus depredadores), más aves, migratorias o endémicas. Más biodiversidad, como si la tierra se reinventara.

Más algarrobos, por citar un caso emblemático. De acuerdo a Torres, la sucesiva ocurrencia del Fenómeno El Niño, en los 88-87 y 98-99, disparó las hectáreas de esta especie, tan apreciada por los piuranos por los productos que ofrece (la algarrobina, entre otros). “La gente del norte sabe todo esto –enfatiza- y, por eso, se prepara. Sería interesante que a nivel de políticas públicas se tuviera eso más en cuenta”. Porque los fenómenos de este tiempo tienen su parte aprovechable.

En Ica, donde las lluvias han arreciado (no por el calentamiento del mar, sino  por el pase de nubes desde la parte alta hacia la costa), la napa freática se ha cargado, haciendo que haya agua en territorios donde la escasez hasta genera tensiones sociales. En el norte en general, sí se ha producido un calentamiento del mar, de hasta 5 grados, lo que ha producido el alejamiento de algunas especies de peces, pero la aparición o abundancia de otras, como el perico.

Torres explica a su vez que, a pesar de que no lo parezca, la gente del desierto sabe que las lluvias vienen de cuando en cuando; es consciente de que no son absolutamente ausentes. Una prueba de ello es la disposición del pueblo de Belisario, ubicado en el desierto de Sechura. Aunque está ubicado cerca  al río Cascajal, que suele permanecer seco, las viviendas han sido construidas siempre en los montículos de arena, nunca en hondonadas, de tal manera que, si viene la crecida, las casas sobreviven.

Cambiar el eco-chip

Todo lo que ha ocurrido en estas últimas semanas, en suma, puede ser extraordinario, pero no es tan anormal. Ni siquiera se podría afirmar de forma rotunda que es una consecuencia directa del calentamiento global, como se comienza a decir, a falta de alguna explicación más sustentable.

Eduardo Durand, ex director de Cambio Climático del Ministerio del Ambiente (MINAM), lo sabe y lo entiende. Las actuales autoridades de este sector siguen trabajando en eso.

“La población no debe situarse en la várzea”, insiste Durand. Es decir en las zonas inundables, que se sabe que se llenarán de agua, como ocurre en la Reserva Nacional Pacaya Samiria. Cuando la cultura se ha alterado, las ocupaciones dislocadas se producen, y los consecuentes desastres también. No hay forma de prevenirlo si la propia sociedad no sabe que vive en ecosistemas donde hay crecidas, épocas secas, bajantes. Donde hay interacciones que hay que respetar inteligentemente.

La nota completa la encuentra aquí: Mirada Ambiental Perú

 



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