La experiencia de Ema Tapullima y el grupo de mujeres que la acompaña hace más de diez años está cambiando la forma como se gestiona y desarrolla una comunidad nativa. De pronto, su primordial preocupación ya no eran solo los hijos pequeños, menos aún las tareas que en la comunidad se entendían como habituales en la mujer, como ver por el orden de la casa. Entonces llegó el momento en el que se sacudieron de todo eso y pasaron a asumir un lugar preponderante en la organización de la propia comunidad.

Es febrero en Puerto Prado, comunidad kukama asentada en la margen izquierda del río Marañón, a media hora en peque-peque del puerto de Nauta, en Loreto, y Ema, de 55 años, con un movimiento ligero de brazos orienta a sus compañeras sobre la ruta que debe seguir un grupo de turistas extranjeros que llegó impulsado por el anhelo de ver delfines rosados, conocer de plantas medicinales y pasear por bosques primarios guiados por niños.

La palabra conservación está presente en toda acción de la comunidad, la cual alberga a 16 familias. Ema es su presidenta desde el 2003 y reconoce que aunque no sabían muy bien de qué se trataba, Puerto Prado ya practicaba la conservación de su diversidad biológica. “Le hemos explicado a los moradores que no se puede talar, que no se puede cazar animales. Si talas los árboles o haces chacras, los animales se alejan y ya no hay qué mirar”, dice en la sala de su casa de madera, delante de la pintura de un jaguar que una turista plasmó sobre una de las paredes.

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Ema Tapullima Murayari tiene siete hijos y once nietos. Foto: CAAAP

El modelo de desarrollo que ha encontrado un sitio sólido en la apacible comunidad es el del ecoturismo, y el monitoreo de las acciones lo hacen principalmente mujeres. En su afán por preservar la biodiversidad, la comunidad logró que en 2014 el Ministerio del Ambiente reconozca el área de conservación privada “Paraíso Natural Iwirati”. Iwirati es árboles en kukama. Se trató nada menos que de la primera iniciativa privada de conservación bajo manejo comunal a nivel nacional.

Dentro, los visitantes pueden hacer varias rutas guiados por niños, los cuales también tienen el chip en la mente de que mejor que depredar es conservar. En dicha área se puede ver árboles como cedros, siringas, caucho, también monos leoncito, el más pequeño de la Amazonía, y la rana blue jean, de colores rojos y azules eléctricos.

La relación con los hombres en la comunidad es armónica, cuenta Ema. “Cuando tú coordinas y hay diálogo en la casa, no pasa nada”. Zanja el tema señalando que son otros tiempos y que “ahora el hombre busca (mantiene) para la casa y la mujer es la que va gestionando; así la casa no falla y tenemos para mantener a los hijos”. Superado ese escalón, Ema dice preocupada que el cambio climático es un tema que hoy les preocupa mucho.

Los arrozales y los maizales ya no dan como antes y lo que se cosecha apenas es bueno, explica. La producción de yuca también se ha visto afectada. Pese a ello, sostiene que seguirán apostando por la conservación del bosque, por las semillas que ofrece y por el trabajo organizado de las familias. No surgirá obstáculo para que sigan remozando aún más sus rutas turísticas, seguir con la conservación de su madera (las casas las construyen principalmente con aquella de árboles caídos de forma natural) y del conocimiento de sus plantas medicinales.

De otro lado, explica Ema, tampoco dejarán de hablar en su idioma, el kukama, y de conservar sus tradiciones, como el del ‘bombobaile’, que se practica cuando se casan en la comunidad, o la velada de Navidad o de Santos Reyes. “Yo hablo en kukama, canto en kukama, no me avergüenzo de mi lengua”, dice consciente de que el kukama está en riesgo de desaparecer.

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Vista de la comunidad de Puerto Prado a orillas del Marañón. Foto: Conservamos por naturaleza

Puerto Prado puede albergar a cerca de treinta turistas. Es como ingresar a un pequeño paraíso, pero sin tener que viajar tanto. El año pasado se organizaron y construyeron una nueva maloca (tienen dos), donde dan la bienvenida a los visitantes, comparten conocimientos y celebran reuniones. Parte de lo que han logrado fue posible con el apoyo de diversas organizaciones ambientalistas nacionales y extranjeras. Hoy, ese apoyo desapareció. Según Ema, ahora la comunidad se sostiene sola, y sobre el trabajo que están haciendo, dice contenta que les va bien.

 

 

 



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