“Científicos chinos llegan a Perú con las vacunas”, titulaba La República en portada el martes 1 de septiembre. Y el pasado jueves 3, “Vacuna china ya está en Perú”.  Los chinos los primeros. En el interior se dice que también llegan pronto otros ensayos (“los más cercanos los de Johnson and Johnson –EEUU- y AstraZeneca –Oxford R.U.-”).

Se trata, simplemente, de los ensayos reales con voluntarios coordinados con las universidades Cayetano Heredia y San Marcos, pero no de las vacunas para el público y menos a nivel masivo. Desde hace meses nos tienen a todos embobados esperando ansiosos (seguro que muchos también rezando) por la llegada de las vacunas. En el fondo pareciera que quieren que la población entera esperemos un milagro: que lleguen las vacunas y nos veamos todos libres del coronavirus como por arte de magia.

Nadie va a negar la importancia de conseguir una vacuna eficaz contra este virus que está trayendo de cabeza a todo el mundo. Más aún, probablemente nunca, como en este caso, se haya invertido tanto en todo el mundo (en recursos humanos y materiales) para conseguir una vacuna eficaz. Para bien y para mal, la competencia entre países (potencias) y laboratorios está siendo brutal y el lograrlo primero puede depender simplemente de las exigencias administrativas (reales y burocráticas) que se impongan en cada lugar de origen de los laboratorios.

Seguro, tendremos vacuna y la ciencia médico-farmacéutica derrotará al coronavirus como ya se ha hecho con otras muchas enfermedades erradicadas. De momento, el virus ha ganado la partida en el tiempo (o simplemente nos han ido ilusionando y engañando para que no desesperemos en la espera). Mientras llega la vacuna generalizada, dos consideraciones sí nos parecen muy importantes:

a) La vacuna debe ser –desde el primer momento- para todos, incluyendo a los más pobres e indefensos. La OMS -la ONU- y el papa Francisco lo han repetido hasta la saciedad: si la enfermedad ha sido globalizada, si no ha respetado ni países ni clases sociales, más aún, si –como siempre- los que han pagado la factura más alta han sido los pobres- estos especialmente deben ser beneficiados desde el comienzo. No olvidemos que lo invertido –no importa si por los gobiernos o los particulares- ha salido de los bolsillos de todos, de los impuestos o de las ganancias a costa de todos. Por lo tanto no sería un favor que les hacemos a los pobres: es un derecho adquirido.

b) Venceremos al coronavirus, pero vendrán otros y –probablemente- otras pandemias. No podemos olvidar las lecciones, no podemos “volver a la normalidad” de antes. Es decir, si el COVID-19 ha dejado a las claras que el Perú contaba con un paupérrimo sistema de Salud Pública y si en el país más del 70 % eran trabajadores informales al momento de llegar la enfermedad, obligación primera del Estado es corregir eso para prepararnos, para prevenir.

Ahí viene lo del “milagro” de la vacuna: el país no puede vivir esperando milagros. Tenemos la obligación de prevenir. Y eso pasa por destinar los recursos, primera y principalmente, para el bien de las mayorías, no de unos pocos. Y comenzando desde ahora. Comenzando por corregir el que el estado peruano haya destinado “60,000 millones de soles para apoyar a las empresas y –a la fecha- solo ha destinado en total 11,400 millones para apoyar a la población” (incluyendo el bono que se cobraría a partir de este mes).

Bienvenidas las vacunas –que lleguen pronto y para todos- pero “a Dios rogando y con el mazo dando”: exijamos a nuestro gobierno un buen plan –y con la participación de todos, con nuevas y más eficaces estrategias- para vencer al coronavirus desde ya y exijamos también empezar a aplicar los correctivos necesarios a nivel de país (en salud y en todos los aspectos fundamentales) para prevenir nuevas situaciones adversas. Ni el gobierno ni el país podemos seguir esperando milagros.

Artículo escrito para el boletín de análisis “Conectando” del Observatorio Socio Eclesial.



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