El reconocimiento del otro como persona humana, independientemente de su condición social, cultural, religiosa, es consustancial al cristianismo. Dicho reconocimiento hace surgir la solidaridad respetando la dignidad inherente, la autonomía individual, la independencia y las capacidades que tienen todas las personas, incluidas las personas con discapacidad.

La auténtica práctica de la solidaridad llevará irremediablemente a las “fronteras”, a situaciones donde se pone en riesgo la humanidad de muchas personas, debido a barreras y actitudes que generan exclusión, impidiendo la participación plena en igualdad de condiciones con las demás. Una de estas “fronteras” es el de las personas con discapacidad psicosocial, quienes han sido ubicadas en los márgenes de nuestra sociedad.

En su momento, Benedicto XVI reconoció que las personas con discapacidad tienen un valor inestimable, y exhortó a los gobernantes a defender sus derechos y garantizar su inclusión social: “Toda persona, aún con sus límites físicos y mentales, incluso los graves, siempre es un valor inestimable, y como tal debe ser considerado. Aliento a las comunidades de la Iglesia a estar atentos y ser acogedores hacia estos hermanos y
hermanas. Insto a los legisladores y a los gobernantes para que se proteja a las personas con discapacidad, y se promueva su participación plena en la vida de la sociedad” (Benedicto XVI – 2/12/2012).

Estas palabras resultan todavía muy actuales, más aún en una sociedad como la nuestra donde las personas con discapacidad psicosocial son constantemente invisibilizadas. Como personas, y como sociedad, necesitamos eliminar las barreras que impiden su participación plena.

Para comenzar, necesitamos asumir que estas personas forman parte de nuestra vida y que las condiciones en las que viven reflejan las fragilidades de nuestra humanidad. Es preciso aceptar que tenemos muchos estereotipos negativos con quienes padecen discapacidad, lo que nos impide reconocer que tienen plena facultad jurídica y pueden tomar sus propias decisiones, que pueden participar en la vida política ejerciendo su derecho al voto, pueden recibir clases conjuntamente con aquellos niños y niñas a quienes se consideran “normales”, que deben liberarse de internamientos inhumanos y degradantes en establecimientos especializados de salud mental, que necesitan salir del olvido al cual los hemos sometido. Reconocer que son tan humanos como nosotros resulta fundamental para abrir la posibilidad de una solidaridad auténtica que les ayude a maximizar su autonomía y les brinde la posibilidad de vivir de manera independiente.

La práctica de la solidaridad en la Iglesia no anula a la persona humana. Por el contrario, esta solidaridad con los más pobres permite que la justicia y la misericordia se encuentren, haciendo visible una humanidad que se mantiene oculta debido a prácticas de exclusión. De esta manera, la Iglesia sitúa la problemática de las personas con discapacidad psicosocial en el ámbito de lo humano y la responsabilidad ética, planteando la necesidad de reconocerlas como personas llamadas a participar plenamente en la sociedad. Lejos se encuentra la Iglesia de pensar la discapacidad como un castigo divino; como lo afirma el Papa Francisco, es “realmente blasfemo pensar que la discapacidad o la enfermedad es un castigo de Dios”; más bien implica la forma en cómo interactuamos en la sociedad y en cómo diseñamos nuestras ciudades e instituciones.

La solidaridad con las personas con discapacidad implica reconocerlos como personas, como ciudadanos capaces de colaborar en la construcción de nuestra sociedad, con autonomía e independencia. Esta solidaridad hace brotar una acogida transparente, basada en el respeto y reconocimiento mutuo. También implica promover el ejercicio completo de sus derechos fundamentales, especialmente el acceso y permanencia en el sistema educativo, la atención de la salud mental y el acceso a programas sociales.

La atención de las necesidades especiales debe tomar en cuenta la diversidad de estas personas sin pretender homogenizarlos. En ese sentido, la Iglesia está llamada a transformar las situaciones de negación de la condición humana en espacios auténticos de convivencia humana, que permitan restituir la capacidad plena de estas personas.

Por César Torres

Abogado. Defensoría del pueblo – Programa de Defensa

y Promoción de los Derechos de las Personas con Discapacidad

 

Publicado en La República



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