Por María Rosa Lorbés

Desde el día en que fue elegido, este Papa afirmó que quería una Iglesia pobre para los pobres, como la quiso Jesús de Nazareth y sus primeros discípulos. Como la quisieron
Francisco de Asís, San Martín de Porres, Monseñor Romero y tantos mártires y santos (canonizados o no) del Pueblo de Dios.

Es escandaloso e indignante constatar el rechazo de muchos creyentes a este proceso eclesial que se expresa en las graves acusaciones de herejía que algunos teólogos y cardenales propalan contra el Papa Francisco pidiéndole que se rectifique y que renuncie. Les disgustó, no solo la exhortación Amoris Laetitia, sobre el amor en la familia, sino también la encíciclica Laudato Si y les asombra que haya convocado ahora un Sínodo sobre la Amazonía. Le acusan de cambiar lo más esencial de la fe, de hablar demasiado de la misericordia infinita de Dios más que de condenas y castigos, de repetir que la Iglesia está para salvar y acompañar más que para condenar; le acusan de recordar a los sacerdotes que tienen que oler a oveja, de decir que quiere una Iglesia en salida, accidentada, samaritana… No les gusta que el Papa afirme que vivimos un sistema dominado por el objetivo supremo del lucro que hace de las personas objetos desechables. Y que denuncie que ese sistema mata.

Los que acusan, injustamente, de hereje, al papa, los que quieren frenar sus cambios, los defensores del statu quo, olvidan que lo que está haciendo Francisco es volver a las fuentes de la fe. Los creyentes lo son porque siguen a ese Niño que hace casi 2000 años vino a anunciar un mundo al revés, y a proclamar que los pobres son los preferidos de Dios y que todos somos hijos de un solo Padre que nos hizo libres y que entre nosotros somos hermanos con igualdad de derechos y de dignidad. Las raíces de nuestra Iglesia vienen de esa Buena Noticia y del mensaje profundamente revolucionario de aquél Niño.

– Publicado el 17 de agosto de 2019 en la columna de opinión “Religión y vida” de la edición impresa del diario “La República”.



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