Por Rafael Luciani

Resumen:

«¡Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres!» es una de las líneas esenciales que bien podría definir el Pontificado de Francisco. Este enunciado significa que no estamos ante una opción facultativa entre otras posibles, sino ante una opción fundamental en la vida del cristiano y de la Iglesia en su conjunto, pues la falta de solidaridad para con el pobre «afecta directamente a nuestra relación con Dios » (EG 187). El autor, en esta perspectiva de vida eclesial y de discernimiento teológico, vislumbra los contextos y las enseñanzas del Concilio Vaticano II sobre el tema, recorre en el Magisterio Latinoamericano la opción por los pobres como un componente fundamental en la praxis de la Iglesia Latinoamericana y cómo es que, a partir de la preocupación por los pobres y la lucha en contra de la injusticia, podemos comprender la opción teológico-pastoral del actual pontificado.

Palabras clave:  Francisco, Papa – Magisterio Pontificio; Iglesia de los Pobres; Opción Preferencial por los Pobres.

Introducción

La opción preferencial por los pobres ha sido una de las contribuciones más importantes que ha hecho la Iglesia latinoamericana. Sin ella no es posible comprender el modo en que discurrió la recepción del Concilio Vaticano II (1962-1965) en la región. Hoy se puede afirmar que es una enseñanza oficial de la Iglesia

Benedicto XVI, en el discurso inaugural de la V Conferencia General del Episcopado de América Latina y del Caribe (Aparecida, 2007), recordó que «la opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Cor 8,9). Optar por el pobre es hacerlo por ese Dios que se revela en Jesús. Y es, ante todo, una opción de Dios mismo por ellos, según ha sido comunicada por medio de la vida de Jesús y transmitida a todos nosotros a través de los Evangelios. Hay que tener en cuenta la incompatibilidad de esta opción con acciones asistencialistas o ideológicas, pues las relaciones que exige respecto de las personas son siempre de reciprocidad y gratuidad mutua, constituyendo al otro en sujeto, nunca en objeto. Por ello se trata de una opción que tiene una dimensión estructural, pues entraña mejoras en las condiciones de vida. A la vez, comporta una dimensión estructuradora que demanda un cambio de mentalidad en el modo en que vivimos la fe de cara a Dios y a nuestros hermanos. No es populista la ética cristiana al proponer que no se salvan los individuos aislados, sino en «las relaciones sociales entre los hombres», es decir, cada uno en relación con el pueblo con el cual convive (Evangelii Gaudium 178). Lo que supone, siguiendo el espíritu del Vaticano II, considerar que los procesos de salvación ocurren en la historia, no fuera de ella, y para todos, no solo para los creyentes.

De este modo, en la entrega concreta a los pobres se abre la salvación universal, pues «si se afirma que la salvación se obtiene gracias a un comportamiento de desprendimiento personal, de entrega generosa a los demás, de caridad, se comprende que las posibilidades de salvación sean iguales para todos los hombres, creyentes o ateos».

El magisterio de Francisco continúa esta senda y entiende que el «pobre es una categoría teológica» (Evangelii Gaudium 198), que «los pobres son la carne de Cristo» (Paraguay, 11 de julio de 2015). En este sentido es una condición sine qua non para la vida cristiana que la define en su identidad discipular, porque la propuesta de Jesús, que es la del Reinado de Dios, no es la de una relación privada e íntima con Dios (EG 183), sino la de una relación que implica construir una sociedad de fraternidad, paz, justicia y dignidad para todos (EG 180). A pocos días de su elección, el 15 de marzo del 2013, Francisco pronunciará aquella frase que definirá a su pontificado: «¡Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres!» significando con ella que no estamos ante una opción facultativa entre tantas otras posibles, sino ante una opción fundamental en la vida del cristiano y de la Iglesia en su conjunto, pues la falta de solidaridad para con el pobre «afecta directamente a nuestra relación con Dios» (EG 187) y limita nuestro modo humano de ser y vivir en esta historia. 

En este contexto de vida eclesial y de discernimiento teológico, que buscó poner en práctica las enseñanzas del Concilio Vaticano II a partir de la preocupación por los pobres y la lucha en contra de la injusticia, es que podemos comprender la opción teológico-pastoral del actual pontificado

JUAN XXIII Y EL VATICANO II 

La primavera eclesial que ha traído el pontificado de Francisco obliga a retomar el llamado que hiciera el Papa Juan XXIII a optar por una Iglesia de los pobres, como lo manifestó en su mensaje radiofónico el 11 de septiembre de 1962: «la Iglesia se presenta como es y cómo quiere ser, como Iglesia de todos, y en particular como la Iglesia de los pobres»

El Papa llamaba a discernir la estructura eclesial en solidaridad con la mayoría pobre de la humanidad, lo que suponía la conversión de la Iglesia a los pobres, pero no como una puesta en práctica de las enseñanzas del magisterio social, que era el enfoque tradicional, sino como “materia prima” de su propia vocación. Este deseo fue compartido por los obispos y teólogos que participaron en el Concilio, en el cual había un grupo llamado «La Iglesia de los pobres», conformado por más de cincuenta obispos, que se dedicó a reflexionar sobre el problema de la pobreza y su relación con la identidad de la Iglesia desde la perspectiva que enlaza a la eclesiología con la cristología. El Cardenal Gerlier, miembro del grupo, sostenía que el tema de los pobres debía ser el eje transversal en torno al cual todos los otros asuntos debían girar: 

El deber de la Iglesia en el tiempo en el que vivimos es adaptarse con toda la sensibilidad que pueda a la situación creada por el sufrimiento de tanta gente y por la ilusión, que favorecen algunas apariencias, y que tiende a hacer creer que no es lo que más preocupa a la Iglesia (…). Si no me equivoco, no creo que eso se haya previsto, al menos directamente, en el programa del Concilio. Comoquiera, la eficacia de nuestro trabajo tiene mucho que ver con este problema. (…). Si no examinamos y estudiamos esto, todo lo demás corre el peligro de no servir para nada…8

La noción de la «Iglesia de los pobres» esgrimida como la idea central de la eclesiología conciliar fue también presentada por el Cardenal Lercaro en 1962 durante el primer período del Concilio: 

“Qué falta aún en el Concilio sino esto: la conciencia explícita que esto, en cierto modo, es el elemento de síntesis, el punto de explicación y de coherencia de todos los argumentos considerados hasta ahora y de todo el trabajo que tenemos que realizar9

Este espíritu fue recogido en varios documentos conciliares. La Constitución Dogmática Lumen Gentium, establece una hermosa analogía entre la praxis de Jesús y la de la Iglesia, haciendo ver cómo la relación de Jesús con los pobres ha de ser normativa para la comprensión de la identidad y la misión de la Iglesia:

Cristo fue enviado por el Padre “a traer la buena nueva a los pobres (…) a sanar los corazones destrozados” (Lc 4,18) (…) La Iglesia, igualmente, envuelve con afecto a todos los afligidos por la debilidad humana, más aun, sabe reconocer en los pobres y en los que sufren la imagen de su fundador pobre y sufriente, se esfuerza por aligerar la indigencia y quiere servir en ellos a Cristo (LG 8)

Podemos decir, pues, que el Concilio asume la “via Iesu” como eje para discernir su identidad y misión en los nuevos tiempos. En la Gaudium et Spes se plantea, de hecho, esta preferencia solidaria de Lucas para con los más pobres y vulnerables de la sociedad. En el número 1 se llama a que «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo» (GS 1). Aún más, se reconoce que se trata de una opción que es propia de toda la Tradición de la Iglesia: 

…es este el sentir de los Padres y de los doctores de la Iglesia, quienes enseñaron que los hombres están obligados a ayudar a los pobres, y por cierto no solo con los bienes superfluos. Quien se halla en situación de necesidad extrema tiene derecho a tomar de la riqueza ajena lo necesario para sí. Habiendo como hay tantos oprimidos actualmente por el hambre en el mundo, el sacro Concilio urge a todos, particulares y autoridades, a que, acordándose de aquella frase de los Padres: Alimenta al que muere de hambre, porque, si no lo alimentas, lo matas, según las propias posibilidades, comuniquen y ofrezcan realmente sus bienes, ayudando en primer lugar a los pobres, tanto individuos como pueblos, a que puedan ayudarse y desarrollarse por sí mismos (GS 69).

DEL PACTO DE LAS CATACUMBAS A PABLO VI 

El proceso de recepción del Concilio Vaticano II supuso el reto de articular esta opción en el marco de la vida eclesial. Un aporte representativo lo encontramos en el llamado Pacto de las Catacumbas, celebrado en Roma el 16 de noviembre de 1965, cuando un grupo de obispos se comprometió a vivir el modelo de «una Iglesia servidora y pobre». Para ello, se comprometió a renunciar a las riquezas, los bienes, los títulos, los privilegios y los honores10, e invitó a «vivir según el modo ordinario de la población»11. De esta manera, lo central para la vida de la Institución lo constituiría su servicio a los pobres en medio de la vida cotidiana al «transformar las obras de beneficencia en obras sociales basadas en la caridad y en la justicia»12. La narrativa eclesial debía asumir la lucha en contra de las causas estructurales de la pobreza, así como acciones concretas para que los pobres se liberaran de la miseria económica y cultural13.

Este momento de renovación eclesial no se puede entender sin el impulso que diera Pablo VI, a través de la Populorum Progressio (1967), a tomar en serio el drama de la pobreza de millones de personas y su exclusión de la participación de bienes civilizatorios como la comida, la vivienda y la educación. El Papa logró discernir la historia a la luz de realidades y procesos históricos favorecedores de las condiciones de vida más humanas que debían ser promovidas, rechazando las menos humanas. Esta dinámica será retomada por Medellín. Expresa Pablo VI: 

Menos humanas: las carencias materiales de los que están privados del mínimum vital y las carencias morales de los que están mutilados por el egoísmo. Menos humanas: las estructuras opresoras que provienen del abuso del tener o del abuso del poder, de la explotación de los trabajadores o de la injusticia de las transacciones. Más humanas: el remontarse de la miseria a la posesión de lo necesario, las victorias sobre las calamidades sociales, la ampliación de los conocimientos, la adquisición de la cultura. Más humanas también: el aumento en la consideración de la dignidad de los demás, la orientación hacia el espíritu de pobreza (Mt 5, 3), la cooperación en el bien común, la voluntad de paz14.

La Encíclica de Pablo VI representó la puesta en marcha del llamado que hiciera el Concilio a insertarse en la sociedad y ofrecer «un sentido más humano al hombre, a su historia» (GS 40), una «sana socialización civil y económica» (GS 42), con el fin de edificar «la convivencia fraterna entre las personas y los pueblos» (GS 89). El sujeto de la acción eclesial no viene dado, pues, por individuos aislados, sino por las relaciones sociales en las que vivimos y que cualifican o no a las personas en su dignidad humana. 

Pablo VI ofreció un ejercicio de discernimiento cristiano de la realidad que marcó a la Iglesia de toda la región latinoamericana. Su compromiso con los más pobres quedó claro durante su viaje apostólico a Bogotá: 

…debemos favorecer todo esfuerzo honesto para promover la renovación y la elevación de los pobres y de cuantos viven en condiciones de inferioridad humana y social. Nosotros no podemos ser solidarios con sistemas y estructuras que encubren y favorecen graves y opresoras desigualdades entre las clases y los ciudadanos de un mismo país, sin poner en acto un plan efectivo para remediar las condiciones insoportables de inferioridad que frecuentemente sufre la población menos pudiente. 

La razón de esta opción eclesial no la encuentra en el activismo social o en la participación político-partidista, sino en el seguimiento de Jesús. Así lo explicó a los campesinos al establecer una clarificadora analogía cristológica: «sois vosotros un signo, una imagen, un misterio de la presencia de Cristo», e inmediatamente estableció la analogía: «el sacramento de la Eucaristía nos ofrece su escondida presencia, viva y real; vosotros sois también un sacramento, es decir, una imagen sagrada del Señor en el mundo, un reflejo que representa y no esconde su rostro humano y divino»15.

MEDELLÍN 

El Pacto de las Catacumbas había revelado la existencia de una tendencia eclesial que entendía su identidad y compromiso en continuidad con la tradición de los pobres, mártires y perseguidos de los primeros siglos. Sin embargo, será en 1968 cuando tendrá lugar la primera recepción oficial y situada del Concilio Vaticano II en la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano de Medellín. No en vano este encuentro ha merecido el nombre del «Pentecostés de América Latina», sin el cual no es posible discernir la identidad y la misión de la Iglesia en esta región. 

En Medellín se percibe que estas condiciones de vida menos humanas son fruto de «estructuras de pecado» que no permiten crear condiciones de vida digna para todos, sino para unos pocos, y que especialmente afectan a las grandes mayorías que son los pobres16. Al colocar como centro al ser humano y su dignidad, los obispos reunidos en esta cita denunciaron los sistemas que instrumentalizan al sujeto humano convirtiéndolo en objeto: 

…el sistema liberal capitalista y la tentación del sistema marxista parecieran agotar en nuestro continente las posibilidades de transformar las estructuras económicas. Ambos sistemas atentan contra la dignidad de la persona humana; pues uno, tiene como presupuesto la primacía del capital, su poder y su discriminatoria utilización en función del lucro; el otro, aunque ideológicamente sostenga un humanismo, mira más bien al hombre colectivo, y en la práctica se traduce en una concentración totalitaria del poder del Estado17. 

Alejada, pues, de posturas ideológicas, la Conferencia hizo una propuesta holística, de liberación y desarrollo integral del ser humano, llamando a la integración y colaboración mancomunada entre individuos, grupos y asociaciones sociales intermedias, y miembros de los sectores político-económicos. Se apostó por una Iglesia «auténticamente pobre, misionera y pascual, desligada de todo poder temporal y audazmente comprometida en la liberación de todo el hombre y de todos los hombres»18.

Esta visión de Medellín fue recogida en 1969 en el Documento conclusivo de la II Asamblea Extraordinaria del Episcopado Argentino reunido en San Miguel (1969), donde se traza una Iglesia pobre que no solo viva la pobreza espiritual o el desprendimiento interior respecto de los bienes materiales, sino que asuma la pobreza voluntaria, es decir, que renuncie a los privilegios, lujos y títulos honoríficos y oriente la administración de los bienes en función de las exigencias pastorales de los más pobres poniendo a disposición personas y estructuras que les sirvan19. 

En San Miguel se asume el camino de la cultura popular como núcleo ético-mítico que se debe preservar en los pueblos para liberarlos de toda influencia externa capaz de ideologizarlos. La opción por los pobres pasaría, entonces, por la preservación de la cultura popular y su promoción. Nociones como salvación, promoción humana y evangelización son leídas así desde una dinámica liberadora, de tal modo que, como la vocación suprema del hombre es una sola: la divina, la misión de la Iglesia es también una sola: salvar integralmente al hombre. En consecuencia la evangelización, comprende necesariamente todo el ámbito de la promoción humana. Es, pues, nuestro deber trabajar por la liberación total del hombre e iluminar el proceso de cambio de las estructuras injustas y opresoras generadas por el pecado. La liberación deberá realizarse, pues, en todos los sectores en que hay opresión: el jurídico, el político, el cultural, el económico y el social20. 

Como parte de la opción por los pobres, en San Miguel los obispos asumieron nuevos ámbitos de inserción pastoral entre los cuales cabe mencionar el jurídico, el político, el económico y el social. El anuncio del Evangelio debía ir hacia la asunción de la cultura local en toda su complejidad, porque evangelizar significa insertarse «en el conjunto de vivencias valorativas —y de ausencias— propias y características de un pueblo»21 para transformarlas desde adentro. 

PUEBLA 

Esta relación entre fe, cultura y liberación se profundizará en la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano reunida en Puebla en 1979. Sus obispos se entendieron

en continuidad con Medellín22 por lo que reafirmaron «el amor preferencial y la solicitud por los pobres y necesitados» (Puebla 382) y «la necesidad de conversión de toda la Iglesia para una opción preferencial por los pobres, con miras a su liberación integral» (Puebla 1134). 

El punto de partida fue el reconocimiento de que el «hecho mayor» que se levanta como un escándalo para el cristiano es la pobreza23 pues la misma «es el producto de situaciones y estructuras económicas, sociales y políticas» (Puebla 30). Teológicamente, la pobreza no es querida por Dios, es contraria a su plan creador, representa un «pecado social» (Puebla 28) que contradice a la fe cristiana (Puebla 1257), ya que la fe no es una relación con Dios sin el hermano. 

Fiel a la tradición cristiana Puebla ejerce el discernimiento de la realidad a partir del seguimiento de Jesús. En los pobres vemos «rostros muy concretos en los que deberíamos reconocer los rasgos sufrientes de Cristo» (Puebla 31). Esta es la razón por la que «se invita a todos sin distinción de clases, a aceptar y asumir la causa de los pobres, como si estuvieran aceptando y asumiendo la propia causa, la causa misma de Cristo» (Puebla 3). En este contexto se afirma que una Iglesia para los pobres está llamada a ser también ella una Iglesia pobre a fin de «ser cada día más independiente de los poderes del mundo, y así disponer de un amplio espacio de libertad que le permita cumplir su labor apostólica sin interferencias»24. Solo desde esta libertad, la Iglesia tendrá la autoridad para pedir el «cambio necesario de las estructuras sociales, políticas y económicas» (Puebla 1155) con el objetivo de «ayudar al hombre a pasar de situaciones menos humanas a más humanas» (Puebla 90).

APARECIDA 

Un acontecimiento eclesial que marcó profundamente a Jorge Mario Bergoglio siendo Cardenal en Buenos Aires25 fue la V Conferencia General del Episcopado de América Latina y El Caribe, celebrada en Aparecida en 2007. Los obispos allí reunidos se situaron en continuidad con las citas anteriores y con el magisterio universal, al confirmar la entraña evangélica de esta entrega a los pobres en la «fe cristológica; fe en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza» (Aparecida 392). 

…en el reconocimiento de esta presencia y cercanía, y en la defensa de los derechos de los excluidos, se juega la fidelidad de la Iglesia a Jesucristo. El encuentro con Jesucristo en los pobres es una dimensión constitutiva de nuestra fe en Jesucristo. De la contemplación de su rostro sufriente en ellos y del encuentro con Él en los afligidos y marginados, cuya inmensa dignidad Él mismo nos revela, surge nuestra opción por ellos. La misma adhesión a Jesucristo es la que nos hace amigos de los pobres y solidarios con su destino26. 

Para explicar el sentido de nuestra entrega al pobre27, Aparecida (393) formula el siguiente axioma: «todo lo que tenga que ver con Cristo, tiene que ver con los pobres, y todo lo relacionado con los pobres reclama a Jesucristo». Así, la entiende como una opción fundamental que define la identidad y la misión del cristiano en su totalidad, como una opción desde la cual se ve toda la realidad y se actúa en consecuencia. De ahí que «de nuestra fe en Cristo brota también la solidaridad como actitud permanente de encuentro, hermandad y servicio, que ha de manifestarse en opciones y gestos visibles, principalmente en la defensa de la vida y de los derechos de los más vulnerables y excluidos, y en el permanente acompañamiento en sus esfuerzos por ser sujetos de cambio y transformación de su situación» (Aparecida 394). Esto «nos pide dedicar tiempo a los pobres, prestarles una amable atención, escucharlos con interés, acompañarlos en los momentos más difíciles, eligiéndolos para compartir horas, semanas o años de nuestra vida, y buscando, desde ellos, la transformación de su situación» (Aparecida 397). Y exige además estar dispuestos a dejarnos evangelizar por ellos, ya que los pobres «nos dan testimonio de fe, paciencia en el sufrimiento y constante lucha para seguir viviendo. ¡Cuántas veces los pobres y los que sufren realmente nos evangelizan!» (Aparecida 257). 

El documento exhorta a poner atención a los responsables de las políticas públicas y de la dirección de la sociedad28, y llama a no analizar la realidad de los pobres desde las categorías del subdesarrollo y la explotación, sino desde la exclusión, porque esta nueva época deja ver que: 

ya no estamos simplemente ante el fenómeno de la explotación y la opresión, sino de algo nuevo: la exclusión social. Con ella queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está abajo, en la periferia o sin poder, sino que se está afuera. Los excluidos no son solamente explotados, sino sobrantes y desechables29.

Siguiendo el espíritu de Aparecida, Francisco discierne que lo que está mal no es un simple modelo o gestión, sino el sistema mismo o su figura dominante que absolutiza la dimensión financiera y consumista. Un sistema que aun cuando ha logrado producir mayor riqueza a nivel global, lo ha hecho a costa de haber generado los niveles más altos de inequidad económica y exclusión social en la historia de la humanidad; un sistema que va en contra del proyecto del Reino predicado por Jesús30 y ha convertido al mercado en un fetiche y a los sujetos en esclavos del consumo, provocando una crisis de la propia subjetividad humana31. Hoy en día el pobre no solo es el que no tiene, sino el que no tiene cómo tener32, el que queda sin posibilidad de tener posibilidades.

FRANCISCO Y LA CONVERSIÓN AL HERMANO 

El modelo eclesial que Bergoglio recibe en Aparecida será el que Francisco profundice en la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium33, donde llama a desandar los espacios públicos, los nuevos ágoras, para rechazar los intentos de privatización de la religión; a alejarse de formas devocionales de arraigo individualista y sentimental (EG 70) y a superar una mentalidad social asistencialista (EG 204). En fin, hay que recuperar un cristianismo con Evangelio (EG 11) para poder ir al encuentro de las periferias (EG 20) con un «nuevo discurso de la credibilidad» (EG 132). 

El reto se inspira en la necesidad de «vivir a fondo lo humano» (EG 75), de rescatar la religación fraterna propia del cristianismo, lo que se traduce para Francisco en la reconstrucción de los vínculos sociales y económicos a través de la fraternidad entre las personas y los pueblos. La base de este enfoque se encuentra en el llamado que hiciera Juan XXIII34, seguido por el Concilio Vaticano II35 y Pablo VI. Este último lo resume así: 

Este deber concierne en primer lugar a los más favorecidos. Sus obligaciones tienen sus raíces en la fraternidad humana y sobrenatural y se presentan bajo un triple aspecto: deber de solidaridad, en la ayuda que las naciones ricas deben aportar a los países en vías de desarrollo; deber de justicia social, enderezando las relaciones comerciales defectuosas entre los pueblos fuertes y débiles; deber de caridad universal, por la promoción de un mundo más humano para todos, en donde todos tengan que dar y recibir, sin que el progreso de los unos sea un obstáculo para el desarrollo de los otros36.

La puesta en práctica de la fraternidad pasa por entender que «la tarea evangelizadora implica y exige una promoción integral de cada ser humano» (EG 182). La lucha por las mejoras de las condiciones socioeconómicas del otro no puede seguir siendo un asunto privado u opcional de algunos cristianos, ni reservado a los pastoralistas porque «el kerygma —anuncio— tiene un contenido ineludiblemente social» (EG 177).  

Francisco propone un modo de ser Iglesia que retoma la senda antropológica trazada por el Concilio Vaticano II, para el cual el hombre es un ser social por naturaleza (Gaudium et Spes 12). La responsabilidad de los miembros de la Iglesia por los otros no es accidental ni opcional37, sino respuesta a la entrega que Dios nos hace del otro, pues: 

El misterio de Dios consiste en su designio de comunicarse y revelarse al hombre, pero también, de darnos al otro, al hermano. En el misterio de Dios está implicada su voluntad: que el otro, el prójimo, obtenga una presencia y una manifestación en mí y, por consiguiente, que yo lo descubra y, en alguna forma, me convierta al hermano38.

LA HERMENÉUTICA DE LAS PERIFERIAS 

Para Francisco esta opción conduce a discernir el lugar social en el que nos movemos y desde donde pensamos, pues éste es determinante para el quehacer teológico y el modo como entendamos la realidad en cuanto teológica, es decir, como un “locus theologicus” donde se nos revelan los signos de la presencia de Dios (Gaudium et Spes 11). De este modo, no basta, pues, considerar solamente a los lugares teológicos categoriales (ubi) comunes (Tradición, Magisterio y Escritura), si no se viven y piensan desde la realidad sustancial (quid) misma que los determina y dota de sentido y actualidad. Cuando leemos las Escrituras nos damos cuenta de que el lugar social para Jesús, donde pasa su tiempo y deja su cansancio, es la realidad de los pobres en sus luchas cotidianas por mejorar sus condiciones de vida sociopolíticas y económicas39. Es ahí y a ellos a quienes ofrece palabras de esperanza y gestos de sanación.

Comprender esto implica un desplazamiento de nuestra zona de seguridad hacia el lugar donde se encuentran y viven los excluidos, los desechados por la sociedad, porque es desde ahí, con ellos, donde se puede entender «la verdad de la realidad»40, la verdad de lo que sucede. Este desplazamiento significa convertirnos, conocer por experiencia lo que vive la gente, y no dejarnos llevar por la tentación del sistema dominante actual que nos hace pensar sobre la realidad de los otros pero sin ellos, sin conocer ni padecer sus mundos de vida y las condiciones en las que se encuentran41. Así lo explicó Francisco en una entrevista que le concediera en el año 2014 al jesuita Antonio Spadaro:

No sirve estar en el centro de una esfera. Para entender, nos debemos “descolocar”, ver la realidad desde más puntos de vista diferentes. Tenemos que habituarnos a pensar. Hago muy seguido referencia a una carta del padre Pedro Arrupe, que fue General de la Compañía de Jesús. Era una carta dirigida a los Centros de Investigación y Acción Social (CIAS). En esta carta, el padre Arrupe hablaba de la pobreza y decía que es necesario un tiempo de contacto real con los pobres. Para mí esto es realmente importante: es necesario conocer la realidad por experiencia, dedicando un tiempo para ir a la periferia para conocer de verdad la realidad y lo vivido por la gente. Si esto no ocurre, entonces, se corre el riego de ser abstractos ideólogos o fundamentalistas, y esto no es sano42

Sin esta mirada desde la periferia la predicación del Evangelio será intranscendente, sin habilidad para hablarle a un mundo herido, incapaz de ir a la raíz de los verdaderos problemas que lo afectan para sanarlos43. De hecho, los grandes cambios de la historia se realizan cuando la realidad fue vista no desde el centro, sino desde la periferia. Es una cuestión hermenéutica: se comprende la realidad solamente si se la mira desde la periferia, y no si nuestra mirada es desde un centro equidistante de todo44.

Es preciso entablar una atención amante que considere al pobre como sujeto, en relación horizontal y trato igualitario45. Esta atención amante no se basa en una conversión solo del trato personal o de las costumbres, sino del cambio de mi orientación de vida de modo que todo lo que haga sea en función del bien del otro. Para Francisco esto está ocurriendo entre aquellos «sacerdotes y agentes pastorales que cumplen una enorme tarea acompañando y promoviendo a los excluidos de todo el mundo, junto a cooperativas, impulsando emprendimientos, construyendo viviendas, trabajando abnegadamente en los campos de salud, el deporte y la educación»46.

OPCIÓN POR LOS PUEBLOS POBRES 

El magisterio de Francisco inserta, como novedad de la opción por los pobres, la necesidad de vivir la misión eclesial desde los nuevos procesos históricos de cambios sociales que favorezcan las luchas de las mayorías pobres por un mundo más fraterno. No estamos hablando de procesos ofrecidos por la Institución eclesiástica a través de su acción pastoral; lo que se propone es que la Institución eclesial reconozca, asuma y promueva procesos, incluso de personas y grupos no cristianos, que tengan un fin humanizador en la sociedad y vayan a contracorriente de la dirección dominante del actual mundo globalizado. Uno de los modos más explícitos para mediar esta visión es el que Francisco ha puesto en práctica al acompañar y promover movimientos sociales que lideran procesos históricos.

Ese protagonismo excede los procedimientos lógicos de la democracia formal (…), nos exige crear nuevas formas de participación que incluya a los movimientos populares. Son ellos un signo real de la “incorporación de los excluidos en la construcción del destino común”47.

Estos movimientos revelan que «los pobres no solo padecen la injusticia sino que también luchan contra ella»48 y el deber de la Iglesia, en fidelidad con el Reino de Dios, está en «acompañarlos adecuadamente en su camino de liberación» (EG 199). La Iglesia debe hacerlo desde las formas propias en las que estos movimientos entienden y accionan sus luchas para orientar la primacía de la periferia sobre el centro: de una Iglesia que se ha acostumbrado a dictar las pautas, a otro modelo de Iglesia —pueblo de Dios— que reconoce lo que ya existe en la historia secular para asumirlo y fortalecerlo. En fin, «la Iglesia no puede ni debe ser ajena a este proceso de anuncio del Evangelio»49 porque la «colaboración respetuosa con los movimientos populares puede potenciar esfuerzos y fortalecer los procesos de cambio»50.

La importancia de estos movimientos es que ellos son parte del proceso de conversión pastoral que la Institución debe asumir. Ellos nos enseñan que la Iglesia debe estar al servicio de todos, y no solo de sus miembros, pues si quiere favorecer realmente una cultura del encuentro no puede limitarse a reunir a los que ya forman parte de su estructura, como tampoco creer que todo aquel que no está en ella, debe llegar a formar parte de la misma. La periferia tiene su propia vida, su propia particularidad y dinámica que ha de ser respetada en tanto realidad que contiene la presencia del Verbo. En el I Encuentro Mundial de Movimientos Populares celebrado en Roma, Francisco lo expuso: 

Sé que entre ustedes hay personas de distintas religiones, oficios, ideas, culturas, países, continentes. Hoy están practicando aquí la cultura del encuentro, tan distinta a la xenofobia, la discriminación y la intolerancia que tantas veces vemos. Entre los excluidos se da ese encuentro de culturas donde el conjunto no anula la particularidad51.

Esta visión supone que la Iglesia tenga que superar la tentación del exclusivismo salvífico. Ella no puede seguir proponiendo una pastoral autorreferencial que tenga como fin integrar a las personas de la sociedad en variados grupos religiosos o parroquiales. El reto de hoy está en asumir el mundo secular en cuanto mundo y vivirse —siguiendo el espíritu del Vaticano II— como Pueblo de Dios en medio de los pueblos de este mundo.

Una Iglesia en salida que aprenda a responder a los nuevos signos de los tiempos y no a sus propias necesidades o intereses burocráticos52. 

El principio soteriológico fundamental de una Iglesia en salida está en entender que «entra en comunión con Dios el que entra en comunión con los hombres»53. Y no se trata de salir para ocupar nuevos espacios, no estamos en el ámbito de la primera evangelización. Se sale para generar nuevos procesos históricos horizontales, para ir a donde está la gente y conocerla en su mundo de vida. 

La opción es por generar procesos y no por ocupar espacios. Cada uno de nosotros no es más que parte de un todo complejo y diverso interactuando en el tiempo: pueblos que luchan por una significación, por un destino, por vivir con dignidad, por vivir bien54.

A la base de esta visión se encuentra también Lucio Gera con su Teología de los procesos históricos55, que busca identificar los acontecimientos de una época, esos que marcan su dirección histórica, y discernirlos como signos de los tiempos que revelan el sentido salvífico56, orientándolos hacia la fraternidad universal como horizonte de la actuación del Espíritu en la historia57. Estos nuevos procesos son hoy llevados con gran autenticidad por los movimientos sociales y populares que luchan por la «participación protagónica de las grandes mayorías»58.

Así como para Juan XXIII, en Pacem in Terris, estos procesos fueron la promoción de los trabajadores y de la mujer, la descolonización y la paz entre los pueblos, para Francisco son todos aquellos que, en contra de la actual tendencia dominante de la globalización, denuncian la exclusión y la inequidad, a la vez que proponen un mundo más humano que supere al actual sistema. Este es el papel mediador, sociopolítico, de los movimientos populares, que la Iglesia había perdido durante el llamado invierno eclesial previo a la actuación de Francisco. 

Al hacerse pobre y de los pobres, la Iglesia ya no mirará desde la lejanía de su comodidad a las realidades injustas, sino desde la cercanía de quien sigue al «Mesías de los pobres»59; de quien comparte su vida y esperanza con ellos; de quien espera «que un ejemplo auténtico de desprendimiento y libertad de espíritu por parte de sus miembros consagrados, lleve al resto del pueblo de Dios a un análogo camino de pobreza, y a un cambio de la mentalidad individualista dominante en otra de sentido social y preocupación por el bien común»60. Es así, pues, como a partir de un modelo de Iglesia pobre y para los pobres, Francisco nos recuerda que no hay salvación sin nuestras acciones concretas para quitar el pecado que padecen los económicamente pobres y los socioculturalmente excluidos porque la vocación cristiana se arraiga en el llamado a «no olvidar nunca a los pobres» (Gal 2,10).

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS 

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AZCUY, V. – GALLI, C. – GONZÁLEZ M. (eds.), Escritos teológico-pastorales de Lucio Gera. I: del preconcilio a la Conferencia de Puebla (1956-1981). Buenos Aires: Ágape, 2006.

BERGOGLIO, J. M. IV Jornada de Pastoral Social, Buenos Aires 30 de junio de 2001.

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Artículo recibido: 5 de junio de 2017 

Artículo aceptado: 10 de julio de 2017



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