Por Brigitte Ríos Fuentes, abogada, agente de la Conferencia Episcopal de Acción Social y Coordinadora CVX – núcleo Arequipa

En 1982, la Academia Sueca otorgó el premio Nobel de Literatura a Gabriel García Márquez, quien aceptó el premio con un magnífico discurso, en el cual hizo referencia a un sinfín de eventos: guerras, dictaduras, desastres, etnocidios, desapariciones forzosas y exilios; solo para mencionar algunos que conmovieron, indignaron y enlutaron a cada uno de nuestros pueblos latinoamericanos. García Márquez lo titulo: “La soledad de América Latina”.

Treinta y ocho años han transcurrido desde aquel día y todos estos eventos parecen haber quedado en el pasado. Muchos de nosotros tuvimos la suerte de no vivirlos, aquellos que lo vivieron casi no lo recuerdan y así comenzamos a vivir en una sociedad donde creímos haber extinguido a nuestros enemigos. Comenzamos a vivir en una sociedad en la que creímos que la digitalización rompía límites y fronteras. Pensando que ya no existía mayor amenaza, construimos una sociedad donde la competitividad es nuestro estandarte y la optimización, nuestra misión. Uno es bueno y exitoso si es trabajador, si su trabajo es eficaz y eficiente, si eres capaz de aguantar la presión laboral y alcanzar las metas; eres feliz si tu cuenta de Instagram sobrepasa los mil seguidores, si en tus historias publicas viajes, comidas o fiestas. En este momento nadie imaginó que un virus acechaba y que sería capaz de paralizar a grandes empresas y apuñalar a pequeños negocios.

En palabras del filósofo surcoreano Byung-Chul Han, “Los peligros no acechan hoy desde la negatividad del enemigo, sino desde el exceso de positividad, que se expresa como exceso de rendimiento, exceso de producción y exceso de comunicación. La represión a cargo de otros deja paso a la depresión, la explotación por otros deja paso a la autoexploración voluntaria y la auto optimización. En la sociedad del rendimiento, uno guerrea sobre todo contra uno mismo”. En esa sociedad del rendimiento, trabajar 8 horas es un sueño porque en la realidad las jornadas oscilan entre las 10, 12 o 14 horas. Son muy pocos quienes poseen un trabajo fijo sujeto a un contrato con derechos y beneficios. Sabemos que el trabajo informal supera el 73% del mercado laboral y sabemos del incalculable número de familias que subsisten con el trabajo del día a día.

Es en esta realidad que el COVID-19 nos obliga a parar y, en un acto casi heroico, abandonamos nuestros negocios, cerramos nuestras tiendas, tapamos nuestros puestos, guardamos nuestras carretillas y volvemos a casa. Esa casa que por años se convirtió en el techo para dormir, ese lugar donde simplemente descansabas porque la vida se vivía en la calle, las oportunidades aparecían cruzando el parque, los logros se recogían volteando la esquina. Sí, hubo resistencia, nadie quiere encerrarse en cuatro paredes. Es difícil abandonar el bullicio de las avenidas y el ir y venir de la gente porque nos distrae de esos pensamientos que nos abordan cuando bajamos la guardia.

Este aislamiento obligatorio nos enfrentó a diversos miedos, desde el contagio, la falta de trabajo, la represión, la incertidumbre hasta el sabernos débiles; pero ha sido en esta evidencia de fragilidad que hemos recordado que no hay otro camino más que la fortaleza. José Luis Gordillo SJ, sacerdote y amigo, reflexionaba en estos días, manifestando que “Estamos a punto de descubrir que es verdad que la paradójica experiencia cristiana señalada por San Pablo era sentido común: Cuando soy débil es que puedo ser fuerte. No hay nada más potente que ser frágil”. Por ello hoy estamos viendo, oyendo, tocando, olfateando y degustando con calma aquello que ya teníamos por sentado: los hijos crecieron tan rápido que no vimos en que momento dieron “el estirón”, el tiempo pasó tan rápido que una mañana las arrugas surcaron los rostros de nuestros padres; pero hoy no, hoy estoy en casa y tengo horas para tomar valor y pedir perdón, días por los que agradecer, sueños que en algún momento deje olvidados por ahí y hoy los vamos a reconstruir, porque si no somos capaces de entender que la vida no se trata de mí, sino de nosotros, no sabríamos vivir.

– Publicado el 14 de abril de 2020 en la columna de opinión “La periferia es el centro” del diario “La República”.

 



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