Por Deyvi Astudillo, SJ

Unos días de viaje por un sector de la selva peruana me han permitido reflexionar sobre el desafío que significa para la Iglesia el encuentro con las culturas amazónicas. Han pasado ya varias décadas – un siglo en algunos casos – desde que en la Amazonía se establecieron territorios eclesiásticos menores con el fin de facilitar su evangelización, y es cierto que hoy la presencia institucional de la Iglesia es importante en la vida de las principales comunidades amazónicas. Sin embargo, no siempre hemos logrado que éstas se apropien de los valores del Evangelio, tal como lo muestran los altos índices de violencia y explotación que imperan en prácticamente toda la selva. Ello necesariamente nos interpela como Iglesia.

No cabe duda de que la Iglesia ha hecho mucho por la Amazonía. Qué hubiera sido de las vidas de miles de indígenas si los misioneros no les hubiesen procurado, junto con el conocimiento de la fe, alimentación, salud, educación. Sin embargo, tenemos que reconocer que hay algo en nuestro modo de proceder que no ha contribuido suficientemente a que la fe y el respeto por la vida se adopten con mayor convicción en las comunidades indígenas, y uno tiende a creer que ello está vinculado a un extendido paternalismo en el reparto de recursos. Allí donde la Iglesia ha sido, lamentablemente, percibida como una financiera, los valores han perdido centralidad en el corazón de los creyentes.

Es claro que existen también otros factores que dificultan la Evangelización. Pero la pregunta es por lo que a la Iglesia le toca hacer para contrarrestar este problema, y allí hay que reconocer que tenemos que ensayar nuevos modos, de procurar el conocimiento de la fe y el bien integral de los pueblos indígenas.

– Publicado el 21 de enero de 2020 en la columna de opinión “Religión y vida” de la edición impresa del diario “La República”.



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