Estos últimos meses viene sucediendo, una vez más, algo especial. Periódicos, emisoras y
canales de TV siguen hablándonos de accidentes de tránsito, asaltos y asesinatos. También –y
a veces más aún- de personas políticas que se pelean entre ellas o, supuestamente,
anduvieron tras los billetes. Hoy hasta los niños han escuchado palabras como barata, pepecá,
keico, toledo, odebrec, quenyi… ¿Lo hacen los medios porque esto es lo que nos gusta
consumir? Hay quienes afirman que lo hacen premeditadamente: para entretenernos con las
discusiones de quienes salen en fotos, para que solo pensemos en sicarios y vivamos con
temor, o sea, para que no pensemos en otros asuntos. Hasta es posible este maquiavelismo.
No lo sé.

Me he sentado a escribir esta página porque, como ciudadano y como creyente, me indigna
comprobar que fácilmente nos dejamos marear por los medios. Y porque estoy convencido de
que mi percepción va a ser aceptada por muchos conciudadanos. Allá voy.

Sea por el motivo que sea, los llamados medios de comunicación social nos están
anestesiando. Como consecuencia, cada vez participamos menos en la política de nuestra
sociedad. Cada vez son más los peruanos que ocupan sus días en protegerse, soportar el
tránsito y criticar a los de arriba.

Pareciera que viviéramos en otros siglos, cuando solo se hablaba del emperador, el rey, el
señor marqués, el señor obispo, la patrona, el hacendado… ¡Hablemos de política y no de los
políticos! Hablemos de si realmente somos o no atendidos cuando estamos enfermos; de si
nuestros jóvenes tienen dónde y cómo ir aprendiendo a desarrollar sus potencialidades; de si
todas las familias han conseguido un hogar donde reunirse, alimentarse, dormir en paz; de
realizar, y no solo planificar, la famosa reconstrucción con cambios; de si las industrias
invierten en producir lo que necesitamos y no lo que les reporta más dinero; de si, cuando
queremos hacer una demanda, encontramos fácilmente una persona que resuelva nuestro
problema con justicia e inmediatamente; de que haya puertas abiertas para cualquier
ciudadana o ciudadano que decide trabajar en aquello para lo que se halla preparado. Estos
son temas políticos, no lo que haya dicho ayer Becerril, Mulder, Kenji, el tan mentadísimo
señor Barata… Y, por cierto, si un ciudadano ha delinquido o no, es algo que deben determinar
los jueces, no los políticos.

Un ejemplo son las cárceles. ¿Alguien va a creer que solucionan problemas? Es tan claro que
no, que ni hace falta demostrarlo. Encerrar a personas como si fueran animales no sirve para el
cambio e incluso es perjudicial. Las personas delincuentes –con suma frecuencia, además,
víctimas- necesitan ser ayudadas mediante instrucción y terapia; sobre todo, mediante
trabajos que les ayuden a ellas y a la sociedad. Que los congresistas legislen para ello.

El gran Mahatma Gandhi decía “quien dice que la religión nada tiene que ver con la política, no
sabe lo que es política ni qué es religión”. Para ser eficaz hay que actuar –y éticamente- en el
terreno político. Eficacia y ética vienen a ser sinónimos.

No hacen falta cifras del Instituto Nacional de Estadística para percibir que cada vez nuestra
sociedad tiene más personas dedicadas a la mendicidad. Cada vez son más quienes nos ruegan
en la calle para que compremos lo que no nos hace falta. Eso es mendigar. Las empresas
malgastan dinero tratando de convencernos con avisos comerciales caros y estúpidos; quienes
salen a “vender” a la calle, en realidad nos piden limosna. ¿Hasta cuándo va a ser esto? Esta
indignante y, para el país, vergonzosa realidad es solucionable y tiene que ser solucionada con
buenas políticas.

Seguimos siendo una sociedad con enormes desigualdades, inclusive de ciudadanos amos y
esclavos. ¿Cabe llamar a esto democracia? Esta sociedad de ricos y pobres es, por supuesto,
injusta. Es, además, peligrosa y crea inseguridad. Es insensata, porque mantiene infelices
incluso a los que poseen muchísimo más de lo que necesitan. ¡Pero es legal! Cambiemos la
legislación: ética y eficacia son sinónimos.

En resumen: muchos medios de comunicación se han rebajado y convertido en basura. No
informan acerca de política. Mandémoslos al tacho. Los ciudadanos necesitamos hablar de
política y no de los políticos.

Por Eduardo Borrell

Licenciado en Filosofía y docente universitario

 

Publicado en La República



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