Su llegada

Francisco Chamberlain Hayes, nació en Chicago, EEUU, el 15 de marzo de 1937. A los 18 años ingresó a la Compañía de Jesús, donde estudió filosofía, historia, teología y educación. A los 25 años, en 1962, llega al Perú a trabajar como profesor del Colegio San José de Arequipa. Años después se hizo peruano, sin dejar sus raíces –su afición por el futbol americano nunca lo dejó-, pero asumió con integridad, alegría y honestidad su nueva identidad.

Fue un hombre que amó sobre todas las cosas a Dios y a Jesús. Además, tuvo una fina y gran sensibilidad, y un enorme y tierno corazón. Y como no le faltaba carácter, energía, fuerza, decidió entregar su vida a Dios y al prójimo, especialmente al que más sufre, el pobre. Sin duda, “nació para el cielo”.  Por ello con mucho entusiasmo, es decir, con un dios dentro de su pecho, llegó a Perú a dar su vida intentando construir una nueva sociedad.

Era coherente, por tanto, tras su llegada al país se insertará primero en una ciudad popular y emergente como Ilo, departamento de Moquegua, y luego fue párroco en el distrito popular y emprendedor de El Agustino, en la parroquia, “La Virgen de Nazareth”, por más de 25 años. Para finalmente, desde el año 2007, integrar la comunidad jesuita de Ayacucho, en donde realizó una labor eclesial, social y política muy activa e intensa, entre otros, en cargos como presidente de la Mesa de Concertación para la Lucha contra la Pobreza.

Su temperamento

Como buen teórico y práctico, analizó la situación en Ayacucho y notó que no había muchos lugares donde los jóvenes, las organizaciones sociales y políticas, y los sectores de iglesia, puedan debatir, reunirse, capacitarse, y decidió constituir la Casa Mateo Ricci, dotándola de un local, para lo cual consiguió fondos entre familiares y amigos de Chicago, EEUU, donde nació. Reunió más de 130 mil dólares, recibiendo donaciones de hasta 5 dólares de sus sobrinos y parientes.

Como buen seguidor e imitador de la práctica de Jesús, la pretensión, la vanidad, la figuración no eran lo suyo. Con él convivía bien la sencillez, la humildad, la integridad. Tenía dos carismas fundamentales: ser un sacerdote – pastor cálido y luchador con “olor a oveja”; e intelectual y teólogo, con un genuino interés en transformar el país, por ello fue docente en la Pontificia Universidad Católica del Perú, participando en diferentes Conferencias Episcopales Latinoamericanas, como asesor de obispos, uno de ellos su amigo Pedro Barreto.

Sus opciones

La fe en un Dios vivo y tierno, y su sensibilidad especial por el sufrimiento del prójimo, lo llevó a servir preferentemente a los pobres, y a enfrentar con radicalidad y tesoneramente las causas estructurales de la pobreza. Allí ponía todo su ser de peleador, luchador, radical. Vivió crudamente, tercamente, seriamente, toscamente, corajudamente, y a la vez sencillamente, sobriamente, cariñosamente, tiernamente. La rudeza le permitía enfrentar cotidianamente la injusticia, la desigualdad, la deshonestidad, la corrupción, etc. Para enfrentar la injusticia no tenía pelos en la lengua ni dudas bizantinas.

A veces algunos, con algo de inocencia y superficialidad, podían pensar que era autoritario. Pero no era eso, sino que su fuerza, su élan de “cowboy” religioso, su ímpetu de sacerdote -servidor, lo llevaba a actuar como un grito de guerra por la paz. Con él no se podía ser indiferente. Podías discutir, pelearte o compartir su vida, pero no estar de costado. Podías ser frío o caliente, pero no tibio.

En lo social no fue un diplomático, -aunque sí fue un gran concertador- de la vida, de la política y la gestión. Fue un combatiente indignado, hosco e impaciente por la justicia, un luchador por la igualdad, un obrero rudo, incansable y resistente sembrador de esperanzas y sueños de una nueva sociedad. No temía pelearse por ello, temía ser apático, indeciso, imparcial. Por eso su ternura trocaba en cólera e indignación, su afán de obrar bien se encabritaba, su mirada directa a lo justo y honesto se ofuscaba.

Su amistad

Como decimos, llevó, qué duda cabe, en su enorme pecho -que ni la enfermedad redujo- durante toda su vida religiosa a Cristo como un estandarte heroico y orgulloso. Por ello, tenía un sentido especial en el trato humano, subjetivo, amistoso. Francisco sabía entrar en la vida cotidiana de los demás, y si ellos lo permitían, se convertían en amigos. Aconsejaba, por sus conocimientos, estudios y experiencia, con delicadeza, con tacto, con sutileza. Así, actuaba con manos tiernas pero firmes, con voz misericordiosa pero con autoridad. Sabía entrar, con respeto, humildad y sabiduría en la vida del otro. Por ello llevaba aliento y alegría al cansado y afligido.

Y era transparente, y había unimismidad en su vida, era único dentro y fuera del diálogo fraterno y en una asamblea pública. No escondía dobleces ni entretelones. No trataba de esconder maneras toscas en el obrar de sus actos llevados por sus principios, por lo cual decía que lo disculparan porque había un defecto de fábrica en él. Pero sí escondía un espíritu sensible y soñador, especialmente la generosidad y alegría de un sacerdote que amaba ser un servidor con “olor a oveja”. Se exigía rectitud, probidad, integridad. Por ello su vida ha sido un testimonio de parte de un buen seguidor de Jesucristo, de un amoroso prójimo del otro, especialmente del más pobre.

Lloramos su partida

Sin duda por todo esto, y mucho más, Francisco entrará en la historia, vivirá por siempre, porque es el recuerdo afectuoso y profundo de quienes compartió su humanidad, que sabrá mantener viva su vida, vivo su recuerdo, alegre siempre su sonrisa, y sobretodo sabrán poner en práctica todo lo aprendido y vivido con él. De a pocos el entrañable y sencillo Francisco va tomando su lugar en la vida de miles.

Tras la enorme tristeza de su partida, hubo dolor en muchos tras encontrar un vacío en el corazón, en ver lágrimas tristes que brotaban como gritos apagados desde el alma. Un amigo hecho hermano mayor, un abrazo inteligente, una sonrisa alegre, una voz limpia, una palabra con carácter y sentido, partió al cielo donde Dios, y al corazón de quienes lo quisimos y nos quiso. Y desde allí va actuando, obrando, cobrando vida en quienes –me incluyo con honor-, compartió su amistad.

Alegría y esperanza

Pero no sólo hay llanto, sino alegría y, también, esperanza, de que su amistad, es decir su afecto y solidaridad, su estima y atención gratuita, su palabra firme y afectuosa y su mano cálida y siempre generosa, haya partido a la historia. Así es querido amigo Francisco, te extrañaremos igual, y acabaré estas líneas, porque seguro ya dónde estás, junto al Padre, me estarás mirando medio torcido por la extensión de estas líneas portadoras del afecto de Nydi, mío y miles más. Descansa tranquilo, aquí seguiremos, siguiendo tu ejemplo, batallando hasta que más tarde podamos compartir contigo, y otros amigos, la evaluación de todo lo vivido para hacer una sociedad más justa y humana, más cercana al Reino de Dios.

Escrito por Jesús Ospina Salinas

Publicado en diario La Jornada (Ayacucho)



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