Por P. José María Rojo, sacerdote de la parroquia San José de Nazareth (VMT)

Se ha escrito mucho y se seguirá escribiendo: no es tema nuevo. Nos han llegado listas hasta de 32 enseñanzas o lecciones. Pero creemos importante tratar de rescatar y sintetizar algunas de las principales. Lo intentamos por bloques.

I. El cononavirus, ese “bichito travieso”

Sí, sabemos que ni es un bicho, un ser vivo. Pero ha logrado lo que nadie: ha puesto a todo el mundo de rodillas. Y es que nos ha igualado a todos. Los poderosos estaban acostumbrados a usar sus defensas y, una vez controlado, convertirlo en “enfermedad de pobres” y listo, a seguir con la protección obtenida. Llevamos varios meses y todos estamos en el mismo saco, en peligro de ser “tocados por él”. Nunca como esta vez se movieron tantos recursos a nivel mundial para tratar de someter a “ese bichito”, que se ríe de todos.

II. No somos omnipotentes, no somos dioses

Es lo primero y más fuerte: los humanos creíamos haber descubierto el “árbol de la ciencia del bien y del mal” (Gn 2,17) y, con su fruto, la sabiduría y la tecnología para dominar todo. Nada se nos resistía con tal de colocar el capital y los mejores investigadores para ello. Y habíamos construido diversas torres de Babel (Gn 11) todas apuntando al cielo sintiéndonos omnipotentes, como dioses.

Un simple virus nos derrumbó todas las seguridades y nos bajó al llano, más aún nos encerró en nuestras casas a cal y canto. Y los más fuertes los más obedientes –por ser más temerosos-. Como seres humanos hemos tenido que aceptar que ni lo controlábamos todo ni lo dominábamos todo. Y, como países, la humillación ha sido brutal: Italia, España, USA, por poner ejemplos conocidos, han caído de sus torres estrepitosamente.

La fragilidad humana ha quedado a flor de piel e, individualmente, nos ha desnudado: nadie imprescindible ni insustituible. Todos medidos por un solo rasero.

III. Relaciones y familia

Un rubro importante: el coronavirus nos ha hecho comprender lo importante de las relaciones, el valor de los amigos. Nunca como en la ausencia se nota más esto. Culturas como la nuestra donde nadie ve sin tocar, donde es tan importante el estrechar la mano, el abrazarse, estamos desarmados. Estábamos orgullosos de que internet dijera que la palabra más bella del idioma castellano era aquella cedida por el náhuatl, del Méjico precolombino: apapacharse. ¡Y cuánto extrañamos un buen apapacho! Por teléfono o internet postergamos, no cancelamos, encuentros de todo tipo…porque los necesitamos.

Pero hemos redescubierto la familia, sí. A veces, las comodidades y la tecnología habían hecho que, viviendo juntos, los familiares fueran grandes desconocidos. Al menos, el coronavirus ha roto esa rutina y los ha puesto en situación de mirarse a la cara, de dialogar. En otros casos, la distancia de la ciudad, las cuestiones laborales y horarios hacía imposible la vida familiar (en nuestros cerros, p.e.). Ahora ha dado la oportunidad de que padres e hijos “se re-conozcan”, jueguen unos con otros, escuchen ellos a los adolescentes, valoren todos el trabajo de la mujer, descubran un color distinto en la vida familiar, aún a costa de sufrir el reducido espacio y las incomodidades del continuo choque físico.

Hasta la internet ha cambiado: ya no es solo lo que divide y dificulta, ese instrumento de entretenimiento de los unos y desprecio de los otros; ha servido para informarse, para compartir, para relacionarse mejor y aprender unos de otros ¡Al menos ha habido la oportunidad y muchos, sin duda, la han aprovechado!

En la familia se ha descubierto, también, que muchas cosas que se creían esenciales –del consumo o de la moda- no lo eran y sí lo eran otras, como el tema de los adultos mayores: Si colocamos a la economía en el centro, ellos no producen sino gastos ¡podemos prescindir de ellos! Si colocamos a la persona en el centro, es deber de gratitud cuidarlos al extremo ¡son imprescindibles!

IV. Jerarquía de valores

En la familia y fuera hemos recompuesto la jerarquía de valores. Y así hemos descubierto que los que se creían los vivatos, los más-más, han quedado en ridículo cargando sus rollos de papel higiénico que no necesitaron nunca, o contagiándose los primeros por salir a la calle, o recibiendo una multa por manejar sin deber hacerlo… Hemos de reconocerlo: nos cuesta mucho más superar la informalidad –somos campeones en ello los peruanos- pero, seguro, iremos superando mucho. (¡Conductores, asignatura pendiente!).

Hemos descubierto que la solidaridad, la ayuda, el amor a los otros no sólo nos dignifica, sino que nos permite salir adelante más fácilmente; mientras que la ambición, el acaparamiento, el aprovechamiento,  nos frenan. Sí, hemos sabido distinguir al bodeguero de la esquina que, de inmediato, subió los precios o guardó los productos para sacarlos –más caros- dos días después, del “casero” de siempre que no sólo no subió los precios, sino que “nos dio fiado hasta que puedas”.

El respeto, en la familia y fuera. Admirable en las colas, en dejar pasar a los mayores, a las embarazadas, a los discapacitados… Lo que la “cultura combi” nunca nos enseñó ni permitió, ahora  lo encontrábamos con facilidad las mismas personas.  ”.  ¡Cuántas peleas y divisiones entre familiares o vecinos se nos han manifestado como inútiles y estúpidas, también!

Y dentro de ello, la alegría. De verdad, en una situación tan dura, tan difícil para todos, no resulta fácil mostrar una sonrisa ¡Y se ve con frecuencia! Se gastan bromas y el humor en las redes es uno de los grandes valores de esta etapa. Habría que levantar un monumento a los humoristas que tanto nos ayudan a superar momentos como éstos. No acabaríamos de contar chistes y videos.

V. Los que más valen

Nos llegaba de España: “se ha descubierto que un sanitario vale más que Messi”. Y así lo hemos vivido. No solo los que cuidan nuestra salud en todos los hospitales –desde el Rebagliati hasta la posta más chiquita y perdida en el último barrio-, sino los policías, los bomberos, los basureros y barrenderos, los transportistas, los de La Parada, los que sirven en todo tipo de comercio de primera necesidad…y tantas otras personas a las que el papa Francisco denominó como “los santos de la puerta de al lado”, que nos sirven y nos invitan a imitarlos.

También –ya lo dijimos- los científicos e investigadores. Casi todos mal pagados (sobre todo si los comparamos con deportistas famosos, cantantes, actores, gente de la moda…). El coronavirus nos ha ayudado a distinguir los que valen más y los que valen menos. Sin ligas de fútbol, el mundo sigue y no pasa nada; con deficiencias y personal mal equipado los hospitales, vamos de cabeza. Pero no es cosa de dinero, es cosa de que todos y cada uno valoremos a esos hermanos que todos los días –a veces en horarios inoportunos- se rajan por nosotros, por nuestra alimentación, nuestra salud y nuestro bienestar.

VI. Las autoridades

Hemos aprendido la importancia del valor de la disciplina y si las autoridades cumplen el rol que les toca, merecen todo el respeto y apoyo. Básicamente creemos lo estamos cumpliendo. Ahora bien, no puede ser un cheque en blanco: estamos en el deber de exigirles que ellos también aprendan la lección, que nada puede seguir igual después del coronavirus. La pandemia nos ha demostrado que nuestra economía no estaba –ni mucho menos- al servicio de los más pobres, las grandes mayorías. Y que son ellos los que están pagando y van a pagar la factura más costosa.

El gobierno ha de verse obligado a reestructurar los presupuestos, destinando el grueso a las mayorías pobres y a los servicios esenciales como Alimentación, Salud, Educación, Vivienda, Transporte, Recreación, Agricultura, Pymes… y dejar, muy en segundo lugar, a la Banca y las Grandes Empresas que ya han tenido sobradas ganancias en el pasado y emplean a un sector de población chico, comparativamente. Es obvio que eso es lección importante de esta etapa y se debe asumir.

VII. ¿Y el futuro qué?

Muchos dicen que nada va a ser igual después del coronavirus. Eso nadie lo puede asegurar. Obviamente quedan abiertas las dos opciones:

  1. Aprendemos la lección y, siguiendo lo que el papa Francisco repite cogemos al toro por los cachos y nos atrevemos a cambiar el modelo, a poner a la persona y, sobre todo, a los pobres en el centro. Es decir, la economía y todo el sistema al servicio de las personas.
  2. O ponemos un simple barniz, cambiamos algo para que nada cambie y seguimos como antes, poniendo en el centro a la economía. O, lo que es lo mismo, el lucro, la ganancia, el producir-consumir-producir para acumular riqueza y aumentar el número de pobres. Esta segunda opción implica, de rebote, desatender servicios esenciales –p.e. la salud- y arriesgarnos a que la próxima crisis nos encuentre mal preparados.

Los cristianos estamos obligados a optar por la primera opción, porque es la única evangélica.



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