Nació en 1949. En 1976 ya se encontraba en el altiplano puneño, incorporado, como laico, al equipo pastoral de la parroquia de Azángaro (Puno). Poco a poco fue “inculturándose” en el medio campesino e integrándose en la perspectiva evangelizadora de la Iglesia Surandina. Y ese discernimiento lo llevó a decidirse por el ministerio sacerdotal.

Me viene a la memoria una anécdota de su ordenación de diácono realizada en la diócesis de Puno, en 1979 (?) Cuando el Obispo, le hizo las preguntas del ritual, a la pregunta ¿prometes obediencia a tu obispo?, el joven Manuel formuló, más o menos, esta respuesta: en tanto que él sea fiel a la opción evangélica por los pobres, sí prometo obediencia. Esa precisión restrictiva, que entonces me pareció una osadía juvenil, vuelve ahora a mi memoria, cargada de hondo sentido teológico, a partir del testimonio de su vida entera entregada a la misión en la Iglesia del altiplano. “Fidelidad a una Iglesia pobre y para los pobres”, en la perspectiva soñada por nuestro papa Francisco.

Después de su ordenación de presbítero, realizada en Lima, Manuel salió del Perú para concluir su formación teológica primero en San Cugat del Vallés –Barcelona (España) y luego en Lyon (Francia). A su regreso al Perú  se le confió la parroquia de Caracoto en la diócesis de Puno y desde allí ha desplegado un amplio trabajo de acompañamiento no solo a las comunidades  que integran dicha parroquia, sino a distintos grupos de la diócesis y de la región. Puso al servicio de todos/as su calidez humana, su alegría y sentido del humor, pero también su formación bíblico-teológica…Un limeño que optó por el altiplano, que se quedó para siempre en la iglesia sur-andina…

Cuando, hace algo más de dos años, fue diagnosticado de miastenia, empezó un largo calvario que lo arrancó de su parroquia, a donde siempre anhelaba volver. Sus entradas reiteradas al Hospital Rebagliatti, donde debía ser entubado, alternaron con tiempos de aparente recuperación. Pero a sus 65 años Manuel se fue de entre nosotros, el 21 de abril. Hubiera preferido, seguramente, morir en Caracoto; allá llegarán sus cenizas para reposar en la “Pachamama” y recordarles a todos/as las cosas importantes por las que Manuel entregó su vida.

Porque nuestro “gran amigo” Manuel nos ha dejado un gran testimonio humano y seguirá siendo un referente testimonial para todos/as los que nos encontramos con él en el camino de la vida. Gracias, Manuel, por la amistad que regalaste a tantísima gente a lo largo de tu vida. (Consuelo de Prado, Misionera Dominica)



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