Por P. José María Rojo

El martes 18 de agosto el cardenal Barreto apareció en la portada del diario La República anunciando un plan de la Iglesia para atajar al COVID-19. Afortunadamente en las páginas interiores se detecta el error del titular de portada: la Iglesia no puede tener un plan científico-técnico que liderar. Hoy viene parte de ese plan eclesial asumido por la Conferencia Episcopal Peruana (CEP) y ofrecido al gobierno como colaboración. En paralelo, sale también el resumen de la conferencia de prensa del presidente de gobierno, el jueves 20 de agosto, asumiendo –muy veladamente- una autocrítica.

Sumemos a eso las declaraciones de la Defensoría del Pueblo del día 19 y las más anteriores declaraciones de los dirigentes del “Acuerdo Nacional”. Todo viene a dejar unos puntos claros que se deberían asumir:

1) El Gobierno, por sí mismo y solo, es incapaz de hacer frente al coronavirus en el país. Hay que reconocer todo el mérito de haber actuado pronto y valientemente al comienzo de la pandemia, pero -por diversas causas- hoy no tiene capacidad por sí mismo de vencerla y sacar al Perú adelante.

2) Ha habido un largo retraso en instancias de la sociedad civil en reaccionar con contundencia y ofrecer desinteresadamente estrategias de salida. Incluida la Iglesia Católica, que lo hace a 5 meses de declararse el “estado de emergencia y el toque de queda”. ¡Pero lo ha hecho, gracias a Dios!

3) Todo debe sumar y nada restar. Y eso debería reconocerlo el gobierno -el primero- acogiendo las distintas propuestas. Para comenzar, hay una buena estructura y experiencia en el “Acuerdo Nacional” que no hay por qué oponerla al “Pacto Perú” (lanzado por el gobierno) ni menos dejarla de lado.

Eso, muy simple, para comenzar. Pero ello requiere varias cosas:

Primero: El Gobierno tiene que reconocer, humildemente, que si bien actuó con rapidez y decisión al comienzo, la pandemia lo desbordó (en parte por la situación laboral del país con más del 70 % de informalidad y por la pésima situación de toda la salud pública). Reconociéndolo, aceptar –más aún, solicitar- el concurso de la sociedad civil para salir adelante. Hasta ahora no lo hace claramente y es necesario lo haga.

Segundo: Nadie debe sacar pecho y querer ganarse laureles. Todos tienen que deponer intereses particulares y ofrecer generosamente sus aportes para armar un buen plan nacional. Obviamente, la Iglesia puede dar el impulso, la moral y la cohesión, entre otras cosas, pero son otros los llamados a ofrecer los aportes científicos y técnicos para el plan.

En resumen, se exige poner el Perú primero, todos a una, con humildad y generosidad. Hoy se han notado ya diversos síntomas en las noticias de querer hacerlo. Hay un primer paso de aceptación de que la situación es muy grave y lo requiere. Eso, pienso, lo ve hasta un ciego. Pero, a partir de ahí, hace falta concierto de voluntades para poner, todos, “los cinco panes y los dos peces” al centro. Y el Perú –los peruanos- tenemos capacidad para hacerlo.

Un llamado especial a la Iglesia Católica: tiene una reserva moral y cierta confianza ganada que no puede ni esconderla ni utilizarla egoístamente. Es la hora de empujar el carro todos en la misma dirección. Y quizás, en este momento, le está tocando –en cierta forma- liderar, no un plan científico y técnico, pero sí un conjunto de voluntades para sacar el Perú adelante.

No podemos esperar pasivamente a que llegue la vacuna (¿cuándo y cómo será?) o a que nos coja a todos muertos o moribundos. ¡Tenemos que salir adelante ya!  ¿Cómo? No estaría mal recordar la obra clásica de teatro del gran Lope de Vega: “Fuenteovejuna” y ponerlo nosotros en práctica contra nuestro enemigo común: el coronavirus.



Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.