Por P. José María Rojo, Parroquia San José de Nazareth (VMT)

Lo dijo el Papa en la Vigilia Pascual: “Esta noche conquistaremos un derecho fundamental, que no nos será arrebatado: el derecho a la esperanza”.

Y si alguien tiene derecho a proclamar y reclamar ese derecho -valga la redundancia-, esos somos los cristianos.  Desde su nacimiento, el movimiento de Jesús, aquellos llamados sus seguidores, tuvieron que “esperar contra toda esperanza”. Y sabemos no fue fácil: al ser apresado todos se dispersan, el valiente Pedro lo niega tres veces y se encierran a cal y canto –sin necesidad de coronavirus-. Tienen que ser las mujeres, María Magdalena y las otras, esas “personas no dignas de crédito” en aquella sociedad, quienes los zamaqueen con la noticia: ha resucitado y los cita en Galilea. Y aun así todo, no les creen.

Creer, esperar contra toda esperanza. Es lo que uno y otro año se nos recuerda en cada Vigilia Pascual. Es la respuesta de Dios Padre a su hijo ajusticiado y moribundo en la cruz: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Un silencio de tres días y Dios Padre lo resucita.

Y ahí, en esa roca firme, se funda nuestra esperanza. Derecho que nadie puede arrebatarnos: “Cristo, mi esperanza, ha resucitado”, clamó el Papa esa noche. Y esa Buena Noticia se contagia, un contagio mucho más fuerte que el del coronavirus: “Es otro ‘contagio’, que se transmite de corazón a corazón, porque todo corazón humano espera esta Buena Noticia. Es el contagio de la esperanza”, continuó el Papa.

No hablamos de una esperanza en el aire, ilusa, que pasa por encima de los problemas. Lo proclamamos ahora en nuestro Perú, con casi 9.800 contagiados y 216 fallecidos, en el pico del coronavirus. Difícil de entender para familiares y amigos, difícil de entender para los que se sienten amenazados de ser los próximos. Muy difícil sí.

Pero tenemos esperanza de que saldremos de ésta, en racimo –como los granos de uva- y que saldremos mejores –creceremos parejo como los granos de choclo-. Sí, sabemos que luchamos contra corriente: que los que siempre se beneficiaron y sacaron ventaja tratan de seguir haciéndolo, incluso descaradamente, vergonzosamente, aprovechándose en medio de la crisis.

Y tratarán de, cuando esto pase, querer que todo vuelva a ser como antes: que la economía (la ganancia, el lucro) esté en el centro, todo al servicio de los más ricos. Y que los pobres –la mayoría del país- sean marginados, olvidados, descartados. Que la vivienda, la salud, la educación, el transporte, la recreación… no sean prioritarios. Que nos olvidemos del dengue, de la tuberculosis, de los anémicos, de los desocupados, de los discapacitados, de los ancianos…

Pero esta crisis –así lo creemos- ya nos ha contagiado de otro virus: la SOLIDARIDAD. Y ese virus nos dice que unidos venceremos, que unidos lograremos cambiar las cosas, que la Vida vence a la Muerte. “Que nadie nos arrebate el derecho a la esperanza”.



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