Por María Rosa Lorbés

Hace poco tuve la oportunidad de conversar con una misionera comprometida desde hace años en la defensa de la Panamazonía y apareció, una vez más la recurrencia de los derrames de petróleo. En el Perú se han producido más de 60 en los últimos 15 años.

Los derrames constituyen verdaderas tragedias en la vida de la población. Los pobladores amazónicos viven de los peces que les brindan sus ríos y lagunas y de los animales del bosque, así como de los frutos de algunos árboles. Cuando llega un derrame los peces desaparecen, los animales también y el suelo, cubierto de ese líquido negro y viscoso, hace imposible intentar algún tipo de cultivo. Al hambre y la desnutrición se suman las bacterias y los insectos que prosperan en ese entorno mortal y envenenado. Estos derrames suelen ser ignorados por los medios de comunicación y por la mayoría de los peruanos.

Al respecto siempre me impactó el pasaje evangélico del rico Epulón y el pobre Lázaro. El primero, dice la biblia, fue arrojado a la profundidad del infierno sin ser consciente de porqué merecía dicho castigo. No tocó a Lázaro. no lo expulsó de la puerta de su casa, no lo golpeó. Simplemente no lo vio, ignoró su existencia. Ese fue su pecado: no hacer nada, permanecer indiferente, seguir con su vida y prescindir del resto.

Este es el “silencio que asusta, porque mata” como alertó el Papa Francisco en Puerto Maldonado. Un silencio que expresa indiferencia, insensibilidad y sordera evangélica. Por eso en esta etapa próxima al Sínodo se nos invita a todos a aguzar nuestro oídos para “escuchar” los gritos de los amazónicos y de la tierra y acoger y amplificar esos gritos para que impacten en la sociedad y remuevan sus estructuras y para que el grito de los pobres resuene en toda la Iglesia.

– Publicado el 16 de septiembre de 2019 en la columna de opinión “Religión y vida” de la edición impresa del diario “La República”.

 



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