Por Víctor Hugo Miranda, SJ

No soy alguien que satanice las redes sociales. Por el contrario, las utilizo y creo que sirven para comunicarnos, para estar enterados, para generar discusiones y debates sobre temas de interés, para compartir fotografías, para compartir experiencias de fe, y como vehículo de evangelización para quienes somos creyentes. Sin embargo, no puedo dejar de preguntarme qué nos ocurre cuando en ocasiones delicadas y sensibles actuamos como si dejáramos de lado lo más humano que hay en nosotros, dejando aflorar el morbo, la falta de respeto por el dolor ajeno y la virulencia en nuestras afirmaciones y reacciones.

La política peruana reciente da para varias temporadas de cualquier serie top de Netflix o HBO y ello despierta emociones fuertes, siendo las redes sociales el espacio donde estas reacciones se expresan de manera más cruda. Por ello, es lamentable constatar esta deshumanización de nuestros compatriotas, como lo demuestra lo acontecido tras el intento de suicidio del expresidente Alan García y su posterior muerte.

Sin ningún respeto por el dolor de su familia y de lo que implica la muerte de alguien, más allá de las circunstancias del hecho y más allá de su probable culpabilidad, hubo quienes se burlaron de la situación, haciendo memes y generando discusiones que ignoraban el respeto que merece cualquier situación de esta naturaleza. Las fotos de su grave estado circulando por WhatsApp, las bromas o los ataques y defensas buscando réditos políticos son la flagrante prueba de que como sociedad no estamos bien, tenemos serios problemas para reconocer en el otro a un ser humano merecedor de respeto. Tenemos la tarea de preguntarnos cómo podemos seguir siendo verdaderamente humanos, pese a todo.

– Publicado el 21 de abril de 2019 en la columna “Religión y vida” de la versión impresa del diario “La República”.



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