Un gringo alto, larguirucho, sesentón, con un extraño casco que parecía de la I Guerra Mundial, dejó su moto estacionada en la puerta de la universidad y se acercó a mí a grandes trancos. La moto era chica, rara, antigua… el gringo alto no encajaba en esa escenografía. Se veía algo extraño y contrahecho. Con toda su inmensa humanidad se paró frente a mí y con un tremendo acento de angloparlante me dijo directamente: “Si tú eres Rocío sube a mi oficina, yo soy Francisco Chamberlain”. ¡¿El Padre Chamberlain?!— le pregunté. “Sí, soy cura”. Ese fue mi primer encuentro con este sacerdote jesuita que, como muchos de su generación que llegaron al Perú desde tantos otros mundos (Vicente Santuc, Bruno Revesz, Paco Muguiro) o casi locales (como el arequipeñísimo Cholo Simons), abrieron un camino renovador y comprometido con ser radicalmente cristiano.

Este domingo Francis Chamberlain Hayes, 81 años, falleció en un hospital en Lima tras un proceso largo de cáncer. El hombre peleó con la enfermedad y estuvo venciéndola. Hace dos años la quimioterapia le produjo como daño colateral un derrame cerebral, que lo tuvo una semana en coma. Después de su recuperación y rehabilitación lo fui a visitar. “¿Y cómo te encuentras?” le pregunté. “Como cañón… y no veo la hora de regresar a Ayacucho”.

A los dos días regresaba a la tierra de los waris y, desde su refugio en la Casa Mateo Ricci, escribió sobre las elecciones y el proceso de nuestra democracia: “es necesario, urgente, mirar lejos, a partir de los bicentenarios que se aproximan. Tenemos que pensar y trabajar por una nueva manera de ser nación, de fundar, si se quiere, una nueva República. Evidentemente ese artículo tenía un tinte político. Ahora cuando meto al Evangelio en esa exigencia de mirar lejos puede resultar confuso para algunos, quizá para muchos. El Evangelio no es un programa político […] Lo que sí creo es que el Evangelio tiene implicancias sociales y políticas, sea uno creyente o no, incluso para ateos y agnósticos, implicancias que sí sirven para ese esfuerzo de mirar lejos…”

Chamberlain cuando llegó al Perú desde su natal Chicago en 1962 fue directamente a trabajar a Arequipa, al Colegio San José. Posteriormente pasó algunos años en Ilo, Moquegua, y después veinte años como párroco de la Iglesia Nuestra Señora de Nazareth de El Agustino. El 2007 me comentó que se iba a Huamanga, para trabajar en la recién inaugurada Casa Mateo Ricci, un espacio de encuentros, diálogos y talleres de diversa índole en el corazón de la ciudad. En los primeros años reanimó la institución con actividades múltiples y el clásico cine fórum al que asistían muchos universitarios. También tuvo que acompañar y entender una de las movilizaciones sociales más potentes: la Marcha de los Waris.

A los setenta y tantos años Francisco se enamoró de Ayacucho, y de inmediato, además de escribir todas las semanas una columna local participó muy activamente de la Mesa de Concertación de Lucha contra la Pobreza, y fue elegido como coordinador de la misma en dos ocasiones. En 2014 fue nombrado “Hijo Predilecto de Huamanga” y yo le comentaba que se había “nacionalizado” ayacuchano en tiempo record. En 2016 el Congreso de la República le otorgó una medalla en reconocimiento a su labor en defensa de los derechos humanos. Hoy, a las 10 am, lo recordaremos con una misa en El Agustino.

 

Escrito por Rocío Silva Santisteban

Publicado en La República



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