El testimonio y la opinión de alguien que, después de una visita prolongada a la zona, nos cuenta la Iglesia que vió, los problemas que descubrió y las respuestas pastorales que la Iglesia de la región  esta desplegando para responder mejor a la realidad del Vicariato de San José del Amazonas. 

BUENA NUEVA DESDE LA PERIFERIA AMAZÓNICA

Hace pocas semanas tuve la suerte de ser invitado a Iquitos, a la Asamblea Pastoral del Vicariato de San José del Amazonas. ¡Nunca pensé encontrar tanta vida en este lugar alejado e inmenso del nororiente peruano! Aquí va en primer lugar el mapa del Vicariato.

El Vicariato se ubica, por el Noreste, con la frontera con el Ecuador; por el Norte, con el río Putumayo (frontera con Colombia); por el Este, con el río Yavarí (frontera con Brasil); por el Sur con el Vicariato de Requena; y por el Oeste con el Vicariato de Iquitos. La sede está ubicada en Indiana, sobre el rio Amazonas. Tiene unos 155,000 Kms2, con una población aproximada de 148,000 personas entre indígenas, ribereños y semiurbanos, diseminados sobre todo alrededor de los ríos, con grandes dificultades de comunicación. Los más pobres casi no pueden salir de sus localidades y se trasladan sólo en botes y canoas; después están los  botes con pequeños motores, llamados graciosamente “peque-peques” para distancias mayores. Luego los “rápidos”, con motores más potentes así como las hidroavionetas para lugares más distantes que, evidentemente, no son utilizados por los más pobres. Existen 16 parroquias o puestos de misión en las riberas de los ríos (marcadas en el mapa con pequeñas cruces). (1)

Este Vicariato fue fundado en 1945, y la Santa Sede pidió a la provincia de los franciscanos canadienses que asumiera esa difícil misión. ¡Ya tiene casi 70 años y 4 Obispos!

Lamentablemente no he tenido la posibilidad de ir a los diferentes centros de misión situados a lo largo de los ríos. Pero sí participé en la Asamblea anual del Vicariato, donde hubo más de 100 personas, la mayoría laicos y laicas –adultos y jóvenes- de las parroquias, acompañados por sus misioneras y misioneros. Pude constatar con alegría que los esfuerzos generosos de estos casi 70 años, van obteniendo frutos nativos de vocaciones laicas, religiosas y diocesanas: ya se tiene los 3 primeros sacerdotes nativos (2 diocesanos y 1 franciscano) y un diácono que pronto será ordenado. Es toda una esperanza.

Desde hace tres años, este Vicariato no tiene Obispo titular; es el obispo del Vicariato vecino de Iquitos que está asumiendo esa responsabilidad con mucha generosidad. Se espera que pronto, llegue a ser nombrado el nuevo Pastor de esa Iglesia.

¿Qué es lo que me ha llamado la atención en este encuentro? Creo poder resumirlo en los siguientes puntos:

Vitalidad: es una iglesia joven con mucha vida y participación. No es fácil en esos lugares lograr una reunión tan amplia (¡y ésta fue la n° 47!). Pero lo que realmente me admiró fue constatar que el espíritu de la renovación eclesial latinoamericana y peruana estaba ahí con toda su fuerza. En los temas, en el trabajo de grupo, las celebraciones y en los diferentes servicios. Se vivía la Iglesia de los pobres, la iglesia servidora y defensora de la justicia, una Iglesia que respiraba la fuerza de Jesús muerto y resucitado caminando por esas poblaciones. Hacía muchos años que no constataba esa vitalidad en las diferentes regiones del Perú que me ha tocado visitar. Realmente me dije: desde el Nazaret del Perú, desde ese lugar lejano, marginado y pobre, está vivo el Evangelio. Pensé en esa frase del evangelio de San Mateo:Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, allende el Jordán, Galilea de los paganos! El pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en paraje de sombras de muerte una luz les ha amanecido” (5, 16-17). Y esa luz que brilla en la selva, es memoria viva de nuestra Iglesia Latinoamericana, luz para nuestra iglesia peruana!

Laicado: no eran pocos, y me admiró la proporción interesnte entre adultos y jóvenes, mujeres y varones. Todos participaban: en los debates, en los grupos, en las celebraciones, en las dinámicas. No era gente clericalizada, traían la vida de sus pueblos, de su selva amazónica. En ellos se veía la vitalidad de las comunidades cristianas y la promoción de un laicado maduro, responsable de su iglesia y responsable de su pueblo.

Presencia activa de la mujer: En el Vicariato hay 16 puestos de misión, de los cuales 9 están sin sacerdote: son agentes pastorales mujeres (religiosas y laicas) las que asumen esa responsabi-lidad. Pero además, la encargada de toda la Pastoral  Diocesana es también una mujer! Esto es un signo muy esperanzador que asume desde ya lo que el Papa Francisco está pidiendo: que las mujeres tengan en la Iglesia cargos de decisión! Aquí también este Vicariato nos da signos de renovación importantes y esperanzadores.

Preocupación por la identidad amazónica: los misioneros, venidos  tanto del país como de fuera, han sido conscientes de la importancia de trabajar la identidad cultural propia de la zona. Podemos decir, y con mucha preocupación, que los pueblos de la Amazonía son todavía los grandes marginados y desconocidos en el país. Sólo en el año 2009, con el “baguazo”, la selva se hizo sentir por primera vez como parte viva del Perú. Pero eso no pudo tener lugar, sino gracias al silencioso y largo trabajo formativo de muchos grupos, -entre los cuales están evidentemente nuestros misioneros-que permitieron que eso fuera posible. En este Vicariato se ve claramente esa opción, una verdadera esperanza para el país.

La defensa del medio ambiente y los derechos de las poblaciones indígenas: La depredación de la selva por la tala de árboles, por la minería informal e ilegal y las grandes empresas petroleras son realidades gravísimas en nuestra Amazonía. Si a esto se añade la resistencia por parte de las autoridades a poner en práctica la consulta previa a las poblaciones nativas, para dar entrada libre a las grandes empresas transnacionales que no tienen escrúpulos en deshacer esta región, pulmón del mundo, para favorecer a grandes intereses económicos, ávidos de incrementar sus ganancias a corto plazo sin pensar en el futuro de la humanidad. Evidentemente a estos grupos no les interesa escuchar la voz de estas poblaciones que durante siglos han vivido y cuidado estas ricas zonas.

Por eso me dio un gran gusto ver cómo el Vicariato asumía esta causa. Aprovechó la Asamblea para informar a los participantes de este peligroso Plan. Pude ver cómo preparaba a sus laicos para ser ciudadanos maduros e informados, y así poder ayudar a sus comunidades a hacer frente a peligrosas iniciativas como ésta. Una Iglesia servidora es una iglesia que entrega a la sociedad  laicos-ciudadanos conscientes, informados y capacitados para servir a su pueblo. Eso es lo que Aparecida pide, eso es lo que permite una Iglesia encarnada y profética, promotora y defensora de la vida.

El bello e importante trabajo misionero: qué bello fue ver a todos los misioneros y misioneras pastorales venidos de fuera! Era un signo de universalidad emocionante. Tradicionalmente los misioneros y misioneras de los Vicariatos y Prelaturas, provenían de las congregaciones que habían recibido esa misión. Así fue en la primera época de este Vicariato: los primeros misioneros vinieron del Canadá francés puesto que la provincia franciscana  que recibió esa responsabilidad era de ahí. Pero, después del segundo obispo, el tercero ya no vino del Canadá sino de México. Y, desde ese momento, los misioneros empezaron a venir de países muy diversos. Ahora es bello ver a los dos sacerdotes canadienses que quedan: no han querido venir sólo por unos años, ¡se han incardinado en el Vicariato! Es decir, han hecho el compromiso de quedarse para siempre en esta zona. En realidad, ellos han seguido, lo que en años anteriores, hizo un otro misionero franciscano canadiense que pidió ser aceptado en una etnia, y ahí quedó hasta su muerte!(2)

Pero hoy día los misioneros y misioneras vienen de muy diversos países: Canadá (8), Estados Unidos (1),  Colombia (1), México (16), Brasil (2), Corea (1),y Polonia (4 laicas). ¡Es la Iglesia universal que se pone al servicio de estas poblaciones y comparte con ellas la alegría de su fe y su amor universal! Pero junto con ellos, están también  los misioneros peruanos (25 – entre sacerdotes, religiosas y laicas/os) venidos de diferentes partes del país. Ellos también asumen ese mundo como suyo, llamando a todo el país a una fraternidad que integre a los que hasta ahora han sido ignorados por el resto de la población nacional. ¡En especial, me impresionó mucho esa religiosa Misionera Parroquial del Niño Jesús de Praga (fundación peruana), que este año cumplía nada menos que 50 años en el Vicariato y participaba en el encuentro con tanta lucidez y vitalidad! Todas estas personas están ahí para colaborar en esta bella tarea de construir una Iglesia inculturada en este sector del país. Y hoy, hay que decirlo,  la mitad de estos valiosos hombres y mujeres son peruanos. ¡Qué alegría!

Esta experiencia ha sido muy significativa para mí y por eso siento la necesidad de entregar estas líneas a los que buscan un Perú fraterno, desde las periferias.

Abril 2014. Jorge Alvarez Calderón



Una respuesta a “Buena Nueva desde San José del Amazonas (Informe)”

  1. Miguel Angel dice:

    Buenas tardes. Es muy grato leer sobre personas que tratan a otros/as como iguales. Quisiera saber si podría saber más sobre los proyectos que están llevando acabo en la zona y cómo es posible apoyarlos. Gracias de antemano por su respuesta.

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