¿SE OLVIDARON DE LA FRATELLI TUTTI?

Seguro que muchos lo pensaron, sean sinceros. No, no nos hemos olvidado y algunos la hemos leído despacito un par de veces y comentado varias otras. Hablamos de la tercera encíclica del Papa Francisco, publicada el pasado 3 de octubre y llamada «Fratelli Tutti» (Hermanos Todos).

Esta es una “encíclica mayor”, es decir, donde el Papa le puso alma corazón y vida… ¡y cerebro también! Es más, repasando el número y la calidad de las citas alabamos no sólo a Francisco sino a todo un buen equipo que, sin duda, colaboró con él. Eso sí, el estilo lo delata: ¡es suya! (No importan las manos que hayan colaborado, importa el resultado final).

En primer lugar, hay una clara continuidad con todo lo anteriormente dicho y escrito por él. El esfuerzo por hacer una buena síntesis de “su doctrina social” es impresionante y los frutos saltan en cada página. “¡No hay grandes novedades!”, dicen los más sensacionalistas. “¡Es que no eran necesarias!”, respondemos nosotros. “¡Es que cita a todo el mundo!”, anotan otros. Cierto, pero cita lo esencial y lo que viene a cuento, no cualquier cosa.

En segundo lugar –y fundamental, sin duda- nos deja sumamente claro el eje central del evangelio: el mandamiento del amor (Jn 13,34), el comportamiento por el que seremos juzgados, la prueba del examen final (Mt 25,31ss), la actitud del verdadero discípulo, su seguidor (Lc 10, 1ss). No por gusto dedica nada menos que todo un capítulo, el segundo, a explicar/comentar esa parábola del Buen Samaritano. Nadie que lea detenidamente la Fratelli Tutti puede apelar a su “práctica religiosa” para sentirse justificado, para llamarse discípulo misionero de Jesús de Nazaret. Francisco lo dice con claridad meridiana y para nadie será sorpresa que hasta “los publicanos y las prostitutas nos precederán en el Reino de los cielos” (Mt 21,31); mucho menos no creyentes y hasta ateos que trabajen por el Reino.

Como consecuencia de lo anterior se nos exige un permanente autoexamen para ver si nuestro comportamiento responde a las necesidades del hermano o si estamos mirando al espejo –peor, al ombligo-. Y estaba el Papa cansado de remarcarnos la necesidad de la conversión pastoral permanente. La misma que nos debe llevar a preguntarnos si lo que llamamos caridad tiene la eficacia necesaria o si nos estamos conformando con “actos de caridad” que, más que ayudar a solucionar los problemas, “tranquilizan nuestra conciencia”.

En esta línea, vale la pena mencionar la insistencia –como lo han hecho los Papas anteriores- en el auténtico compromiso político ya que, la política es una “altísima vocación, una de las formas más preciosas de la caridad porque busca el bien común” (FT 180 citando a EG 205, que a su vez cita a la Comisión Social de los obispos de Francia.). Bien sabe Francisco que la política es una palabra manchada, peligrosa, evadida; pero tiene mucho más claro que políticos honestos son indispensables para lograr el bien común, para que la caridad hoy pueda ser eficaz.

Ya al comienzo de la encíclica Francisco nos señala el tema de la misma: la fraternidad y la amistad social (FT 2) y es muy consciente que no es fácil, que es un nuevo sueño (FT 6) que él tiene y por el que apuesta abriendo el diálogo con todas las personas de buena voluntad, pues quiere sea un deseo mundial… ¡qué importante es soñar juntos!…pues los sueños se construyen juntos (FT 8). Nadie podrá acusar a Francisco de mirada chata, de encerrarse en su capillita. Si en la EG, del 2013, nos insistió ya (¡y no olvidemos que era una exhortación programática, para todo su pontificado!) en una iglesia en salida, en la Fratelli Tutti se sitúa ya desde el comienzo en ese lugar y con esa actitud. Desde la primera página nos resuenan sus expresiones simbólicas: iglesia samaritana, peregrina, hospital de campaña, de puertas abiertas, no autorreferencial, no clerical sino sinodal. Son ecos que nos invitan a “hacernos próximos” al hermano necesitado, a esa actitud permanente de dar y recibir.

Y eso sólo es posible desde el encuentro y desde el diálogo, palabras una y otra vez repetidas. Y, por supuesto, no sólo ni principalmente entre católicos. Ya nos sorprendió, en la Laudato Si, partir de su encuentro y de las palabras del patriarca Bartolomé; ahora lo hace, en repetidas ocasiones, a partir de su encuentro y la firma de un mensaje conjunto, en Abu Dabi, con el Gran Imán de Al-Azhar, Ahmad Al-Tayyib (citando incluso buena parte del texto en FT 285). Y cita también a M. Luther King, a Desmond Tutu, a Mahatma Gandhi y “muchos más”, junto al católico Carlos de Foucauld.

No oculta Francisco su fe e identidad cristianas, pero deja bien claro que lo que es esencial es buscar esa fraternidad y solidaridad universal que solo es posible desde una actitud abierta, de encuentro y de diálogo con todos los hombres y mujeres de buena voluntad. A eso nos llama y a eso nos reta, si es que, de verdad, nos proclamamos seguidores de Jesús de Nazaret.

Nos tienta repetir las palabras de un canto de la Ascensión (sí, inspirado en aquel momento en que los discípulos permanecían embobados mirando al cielo y “alguien los despertó con una palmada en el hombro”): Miren al suelo, pasen la voz de que en los hombres está el Señor… Hoy no se puede estar mirando al cielo.

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