INCENDIO EN EL CAMPAMENTO DE MORIA

Cinco años llevaban hacinados, malviviendo, miles de refugiados –africanos y asiáticos- en el campamento de Moria, en la isla de Lesbos-Grecia, desde que Europa pactara con Turquía un acuerdo (pagando aquella, poniendo la mala cara y la represión ésta). Los refugiados, lo sabemos todos, huyen de la violencia política y del hambre, del miedo a morir en sus lugares de origen y –con todo derecho- aspiran a llegar, salvando mil obstáculos y corriendo otros tantos riesgos de muerte, a una tierra prometida, en este caso Europa.

Hay acá otro componente que agrava la situación: son los países europeos los que tradicionalmente han explotado y expoliado a aquellos países de Asia y Africa y son empresas transnacionales –mayoría europeas- las que mayormente siguen sacando las riquezas de ellos además de sembrar –en muchos casos- el terror y la muerte con armas vendidas a unos y otros grupos rivales.

Las personas conocen bien –hoy los medios lo difunden todo- que detrás de ese telón de sufrimiento y muerte- hay lugar para una vida mucho mejor. ¡En Europa hay mil oportunidades más que en sus lugares de origen! Y la gente –muchas veces desesperada- apuesta por ello y se arriesga. Arriesga, incluso, la vida de sus hijos menores y los introduce como “no acompañados” (407 de ellos había en el campamento incendiado), con gran probabilidad de no volverlos a ver.

No es juego, no. Y tenemos que entender que detrás de los refugiados hay mucho dolor, mucha desesperación y mucha muerte (pasada, presente y, seguramente, futura). Y ante esa muerte, la “cristiana Europa” solo acierta a pagar para que sean otros –libios, turcos, marroquíes,…- los que pongan la cara fea y la represión, los que impidan –masacrando- que aquellos traten de llegar a la tierra prometida.

A los latino-americanos ¿no les suena? ¿Es distinto a lo que hace Estados Unidos pagando a mejicanos o guatemaltecos para que impidan, a como dé lugar, que los latinos entren a Estados Unidos, vista como otra tierra prometida?

Volvamos al campamento Moria, en la isla griega de Lesbos: el 9 de septiembre, en unas horas las llamas consumieron más del 80% del campamento de refugiados donde había unas 13.000 personas (aunque su capacidad era para 3.000), entre ellas más de 4.000 menores, de los que 407 eran “no acompañados”. Afortunadamente no hubo ninguna víctima mortal. ¡Tan solo… han pasado varios días a la intemperie! Y a comenzar de cero, como el día de su llegada.

Europa que ha perdido la vergüenza, seguro, pagará para que se vaya habilitando de nuevo el campamento, sin tener apenas en cuenta el sufrimiento de las familias refugiadas. Casi seguro no se planteará si son justos los acuerdos firmados con Libia, con Turquía, con Marruecos…, ya hace años, para detener –por todos los medios, pagando por ello, es obvio- la llegada de los refugiados a los países europeos. Las organizaciones humanitarias han venido denunciando que el hacinamiento, la precariedad, las pésimas condiciones sanitarias, la presión del encerramiento, y el hostigamiento policial y de civiles armados constituían una bomba de relojería que podría estallar en cualquier momento. Pero nadie hizo nada y estalló (poco importa, en el fondo, quién prendió el fósforo).

Años de políticas egoístas, equivocadas y fracasadas de la Unión Europea, que a toda costa quiere bloquear la llegada a su territorio de quienes huyen de guerras, persecución y hambre: Levantar vallas y muros, llenar los mares de agentes de fronteras y pagar a los esbirros, sean éstos libios, turcos, marroquíes… Nadie habla de cambiar eso.

A los cristianos sí nos suena el nombre de “Moria”, por lo del monte donde –en el relato dramático del Génesis- se nos cuenta que subieron Abraham y su hijo Isaac con un haz de leña para el sacrificio a Dios del único hijo de Abraham, el hijo de la promesa. Aquel relato terminó con un final feliz: no fue sacrificado Isaac, Dios ya no quiso sacrificios humanos sino que fue sacrificado un carnero que –milagrosamente- apareció por allí enredado en la maleza.

Cuánto nos alegraría que este campamento Moria tuviera también un final feliz: que Europa asumiera el pequeño costo de recibir a esos 13 000 refugiados -4 000 menores de edad- en pago a tanto expolio realizado por el viejo continente en Africa y en Asia.

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