Escuchar de verdad nos trastoca el interior, mueve nuestros corazones. Este movimiento de conversión no sólo nos debe afectar personalmente, sino también como Iglesia. Sin duda, ese es uno de los propósito del Papa Francisco al insistir en la necesidad de vivir en una actitud de escucha, una práctica que ha movido la preparación del Sínodo de la Juventud y que también quiere que sea asumida de cara al Sínodo de la Amazonía.

En ese proceso de ser oídos de la Iglesia está teniendo un papel decisivo la Red Eclesial Panamazónica – REPAM. Anitalia Pijache es una indígena colombiana, que forma parte de la REPAM, y en estos días ha recorrido las comunidades del Río Putumayo, en la frontera entre Perú y Colombia. Su testimonio quiere “ser la voz de las mujeres de la Amazonía”, una voz profética que cuestiona las políticas del gobierno, pero también las actitudes de la Iglesia, cuya presencia en la región no siempre responde a las necesidades reales de los pueblos.

La indígena colombiana afirma que “los gobiernos y sus políticas de estado no ayudan mucho con sus supuestos programas de superación de la extrema pobreza en las comunidades”. Por el contrario, prosigue diciendo que “eso ha generado, en esas pequeñas comunidades de quechuas, muinamuru y kokamas una baja autoestima de sus identidades culturales y un desarraigo al territorio”. En sus afirmaciones resuenan las palabras del Papa Francisco a los pueblos indígenas, en Puerto Maldonado, el pasado mes de enero, “se nos pide un especial cuidado para no dejarnos atrapar por colonialismos ideológicos disfrazados de progreso que poco a poco ingresan dilapidando identidades culturales y estableciendo un pensamiento uniforme, único… y débil”.

En la medida en que la religión divide, no sólo nos apartamos de los otros como también de Dios. En ese sentido, Anitalia Pijache, denuncia que en la región del Putumayo, como en muchas otras de la Amazonía, “la religión acá les tiene divididos, hay presencia de evangélicos y católicos, lo que genera disputas por un credo, por un Dios, y les lleva a perder el sentido de la vida como pueblos originarios. Eso me tiene triste”.

Para combatir esa dinámica es necesario actitudes diferentes, como las que la indígena ve en el Padre Fernando Flores y la hermana Judith, que acompañan las comunidades de la región, y “que hacen una diferencia a la hora de intervenir en estos espacios comunitarios, pequeños y complejos, no como sacerdotes o monjas, sino como seres humanos, como seres humanizantes, como seres que promueven la unidad, el arraigo territorial, y que, por encima de religiones y credos, ayudan a no olvidar nuestros usos y costumbres, nuestros principios y orígenes y sobre el valor y el sentir de la vida que tenemos nosotros arraigados al territorio, a la tierra, a la naturaleza”.

Por eso, según Anitalia Pijache, es necesario que la Iglesia encuentre nuevos caminos de presencia evangelizadora en la Amazonía, uno de los propósitos del Sínodo. Es necesario descubrir, según ella, que “ese es llamado a la Iglesia católica, encontrar las voces de mujeres líderes y cacicas en el territorio”. Para eso, es necesario un mayor interacción de los sacerdotes y obispos con el pueblo, estar dispuestos a gastar su tiempo desde la sencillez de una presencia hermana, humilde y callada. Anitalia resalta “que los curas y los monseñores les invitan (a los indígenas a los templos), pero ellos no son capaces de ir a los templos de ceremonias que les invita el pueblo indígena para sentir la espiritualidad allí”.

La indígena colombiana, después de recorrer durante cuatro días las comunidades indígenas del Putumayo, hace “un llamado a los monseñores, que, así como los caciques son tan importantes en sus territorios, los monseñores son los caciques de los blancos en los templos”. Desde esa perspectiva, afirma que “están ambos llamados a sentarse en sus espacios autónomos para compartir y para celebrar”. Como alguien que forma parte del universo indígena y conoce sus sentimientos, dice a los obispos y sacerdotes “que no lleguen solamente para los rituales de bautismos, de confirmación”.

Estas palabras surgen del proceso de oír a las comunidades, especialmente a las mujeres de la región fronteriza entre Perú y Colombia, que a través de las cacicas dicen “que si esto es así, que si el monseñor recibe la invitación sagrada o especial de estos pueblos y no llega, entonces no hay nada guardado como Iglesia. No hay nada que sentarse a meditar cuando los monseñores le huyen a los espacios propios de los pueblos”.

Lo que Anitalia recoge, es una continuación de lo que el Papa Francisco decía en Puerto Maldonado, “está bien, que ahora sean ustedes mismos quienes se auto definan y nos muestren su identidad. Necesitamos escucharles”. Es una llamada de Dios, de los espíritus de la selva, de sus cuidadores ancestrales, que nos desafían una vez más a una conversión ecológica y pastoral de la que no podemos pasar de largo. Abramos nuestro corazón para escuchar y acoger las voces profundas que hablan de esperanza, que nos humanizan, que llaman y generan llama dentro de cada uno de nosotros y de nuestra Iglesia. Son ellos quienes nos muestran que se puede optar por otro mundo posible, por el Reino.

Fuente: Religión Digital



Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.